Vestirse como acto político: el cuerpo como territorio simbólico y estético

Desde la minifalda de los años 60 hasta el hijab contemporáneo, la vestimenta ha sido históricamente una herramienta de poder y resistencia. Lo que nos ponemos no es simplemente moda: es una narrativa simbólica construida por el cuerpo en disputa con discursos sociopolíticos.

Durante la década de los 60, la minifalda popularizada por Mary Quant no fue solo una innovación estética, sino una subversión directa a los códigos morales de la época. Este nuevo largo, escandaloso para los sectores conservadores, simbolizaba una declaración política en medio del auge del feminismo de segunda ola: autonomía sobre el cuerpo femenino, libertad sexual y visibilidad pública sin pedir permiso. En países como Túnez, usarla en público implicaba enfrentar represiones estatales, y en Europa occidental fue duramente criticada por medios conservadores, revelando su papel como símbolo disruptivo más que como tendencia pasajera.

Lo mismo ocurre con el hijab, que en contextos como el Irán postrevolucionario ha sido convertido por el Estado en una herramienta de control. La historia de Mahsa Amini, detenida por no usar adecuadamente el velo y fallecida en custodia en 2022, fue un detonante global. Las protestas lideradas por mujeres iraníes que se quitaron el velo en público, lo reinterpretaron o lo resignificaron como símbolo de autonomía visibilizan un debate más profundo: ¿de quién es el cuerpo?, ¿quién decide cómo debe vestirse una mujer? En contraposición, en otros países y para otras mujeres, el hijab representa identidad cultural, fe, dignidad e incluso empoderamiento. La clave, entonces, está en comprender el contexto: no hay un único significado, sino una multiplicidad de narrativas que resisten la simplificación y que deben ser escuchadas en sus propias voces.

Foto: diseño de André Courrèges

En esa línea también está el keffiyeh, originado como prenda funcional entre campesinos palestinos, pero transformado en símbolo de resistencia anticolonial y soberanía visual. Su adopción en las calles europeas como accesorio “bohemio” genera tensión entre visibilidad y apropiación. También existen manifestaciones estéticas que simbolizan reconstrucción identitaria, como la nationale feestrok (falda de liberación) en los Países Bajos, que las mujeres bordaron tras la Segunda Guerra Mundial para honrar la resiliencia nacional desde lo textil, convirtiendo su indumentaria en un archivo emocional y político.

En todos estos casos, vestirse no es simplemente cubrirse o embellecerse: es habitar un cuerpo en disputa, expresar una narrativa visual, responder a las normativas impuestas o generarlas desde el deseo, la historia o la ideología. El cuerpo se convierte en soporte del discurso y el vestir, en campo semiótico en tensión.

Cuando el estilo es resistencia: género, territorio, clase y poder

La ropa que usamos nos posiciona en el mundo. No se trata solo de gusto, estética o funcionalidad, sino de estructura social. Los códigos de vestimenta reproducen o desafían lógicas de género, raza, clase y pertenencia. Una mujer trans que camina con un vestido ajustado por el centro de una ciudad conservadora no solo está vistiéndose: está enfrentando múltiples capas de violencia simbólica y material. Un joven racializado que accede a una prenda de lujo desafía los imaginarios de exclusión. Una persona gorda que decide mostrar su cuerpo en redes con prendas ceñidas está rompiendo la hegemonía del cuerpo “mostrable”. Cada uno de estos gestos son, en sí mismos, manifestaciones políticas.

Desde esta perspectiva, el cuerpo es territorio simbólico y el vestir, una forma de habitarlo. Las leyes de laicidad en Francia, que prohíben símbolos religiosos visibles en instituciones educativas, constituyen regulaciones sobre la estética corporal que pretenden neutralidad, pero terminan reforzando jerarquías culturales y marginando identidades. El cuerpo, especialmente el cuerpo femenino y racializado, sigue siendo el espacio sobre el cual se proyectan las normas sociales, estatales y religiosas. Elegir cómo vestirse se convierte, entonces, en un ejercicio de autonomía radical.

Pero no todo acto de vestirse es automáticamente político. Lo es cuando se hace desde la conciencia. Cuando una prenda tiene historia, cuando es usada con intención, cuando hay una narrativa personal o colectiva detrás. La diferencia está en la agencia: en que el cuerpo no sea simplemente moldeado por las normas o el algoritmo, sino que se convierta en autor de su propia estética.

Vestirse como acto político implica también reconocer los privilegios que nos permiten acceder a ciertas estéticas o resistencias. En muchas regiones, vestir “fuera de la norma” puede costar la vida. Por eso, la política del vestir debe analizarse desde el cruce entre poder, contexto y deseo.

El estilo, entonces, no es un simple capricho o aspiración visual. Es una construcción simbólica que puede reforzar estereotipos o dinamitar estructuras. Habitar el estilo como lenguaje político es rechazar la mirada superficial que reduce la moda a consumo y banalidad. Es comprender que, como escribió Roland Barthes, “la moda es un sistema de signos”. Y que esos signos, en un cuerpo situado, pueden convertirse en grito, en manifiesto, en revolución silenciosa.