Revistas vs algoritmos: la lucha por el futuro de la moda

Durante décadas, nombres como Vogue o Harper’s Bazaar fueron mucho más que publicaciones: eran verdaderos tribunales del estilo. Una portada, una editorial o una fotografía cuidadosamente seleccionada no solo mostraba moda, sino que podía convertir a una actriz, modelo o creador en ícono cultural. Diana Vreeland desde Harper’s Bazaar y luego en Vogue, o Anna Wintour en sus años de máximo poder, definieron el gusto global. Sus páginas eran templos de narrativas visuales que construían aspiraciones, sueños y estilos de vida. La moda, más que ropa, era relato; y ese relato estaba en manos de un pequeño grupo de editores capaces de fijar cánones estéticos con proyección a largo plazo. Audrey Hepburn, Bianca Jagger o Kate Moss no solo fueron rostros bellos: fueron símbolos de una época, legitimados y multiplicados desde esos medios.

Hoy, esa estructura se ha desmoronado. Las revistas sobreviven, sí, y todavía ofrecen propuestas culturales y estilísticas de peso. Vogue Italia continúa apostando por la fotografía conceptual y Dazed mantiene su lugar en el universo independiente. Sin embargo, ya no son el único canal para consagrar un estilo ni para consolidar un nombre. La autoridad se fragmentó, y en ese vacío entraron nuevos jugadores con un poder mucho más opaco y difuso: los algoritmos.

Lea también: Vestirse como acto político: el cuerpo como territorio simbólico y estético

De las páginas al feed: la moda bajo control algorítmico

TikTok, Instagram y Pinterest se han convertido en los nuevos editores invisibles. No hay un nombre ni una firma detrás, solo un código que calcula tendencias en función de interacciones, tiempo de visualización y velocidad de consumo. Los algoritmos fabrican “estrellas” instantáneas que aparecen con una estética definida, logran visibilidad global en cuestión de horas, y desaparecen al poco tiempo. El ciclo es brutal: microtendencias como tomato girl, blokecore o clean girl aesthetic nacen y mueren en semanas. Según The Guardian (2023), más del 70% de los estilos virales en TikTok no sobreviven más de tres meses. Es un modelo de moda pensado para el scroll, no para la memoria.

En contraste, las revistas construían íconos a fuego lento. A través de editoriales, entrevistas y portadas, trabajaban una estética coherente en el tiempo. Un ícono podía durar décadas porque su imagen respondía a algo más profundo que la métrica del momento: era discurso, identidad, estilo de vida. Los algoritmos, en cambio, reducen la moda a repetición y consumo acelerado. Como advirtió Business of Fashion (2024), esta dinámica corre el riesgo de convertir el vestir en un acto estético vacío, desprovisto de contexto cultural o político.

Además: El Índice del Tacón Alto: cuando los tacones suben y la economía baja

El desafío: no dejarse definir por el algoritmo

Pero el algoritmo no es un villano absoluto. Como señalan expertos en Vogue Business, en realidad sólo refleja las dinámicas de la industria: falta de riesgo creativo, obsesión por la viralidad y una cadena de valor basada en lo inmediato. Culpar al algoritmo es fácil; el problema real es que muchos han decidido entregar su narrativa personal a esa lógica. El resultado es una moda que se repite hasta el cansancio, con imágenes que funcionan en el feed pero carecen de poder simbólico fuera de la pantalla.

El reto hoy es recuperar lo que las revistas ofrecían en su mejor versión: la capacidad de dotar al estilo de un relato. No se trata de renunciar a TikTok o Pinterest —sería ingenuo— sino de usarlos como canales y no como jefes. La diferencia entre ser consumido como una microtendencia y consolidar una voz propia está en la coherencia estética, en la autenticidad y en la construcción de un sello reconocible. Como escribió Diana Vreeland en sus memorias, “la moda debe ser extraordinaria, pero siempre debe decir algo”. Ese “decir” es justo lo que se pierde cuando el estilo se reduce a disfraz digital.En conclusión, revistas y algoritmos no son comparables en términos de poder simbólico. Las primeras creaban íconos; los segundos producen estrellas fugaces. Lo que está en juego no es si seguimos a Vogue o al for you page, sino si decidimos que nuestra ropa narre una historia o se diluya en la repetición vacía del feed. La moda nunca fue pensada para durar lo que dura un scroll. Fue creada para incomodar, para provocar y para trascender. Hoy más que nunca, el desafío es simple pero radical: no dejar que el algoritmo te vista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *