La Cámara de Comercio de Bogotá decidió llevar a ocho marcas locales a la Semana de la Moda de Nueva York. Y no, no es chisme de barrio ni un rumor de San Victorino: Bogotá se plantó en Manhattan con propuestas que van desde el streetwear con cáñamo hasta zapatos con más tradición que la arepa e’ huevo.
Ahí estaban Cannabis, con sus textiles sostenibles a punta de cáñamo (sí, ese cáñamo, pero en versión fashion); Divina Collection, que nos recordó que la tienda de barrio también puede ser haute couture; ISMO, que mezcló gobelino y jean como si fueran mejor dúo que Karol G y Feid; Lisantiny, calzado artesanal con 20 años de experiencia en eso de hacernos caminar con dignidad; NUNK, con hoodies y joggers listos para conquistar Brooklyn; Seven7, que ya juega en ligas internacionales y ahora quiere conquistar la alfombra roja; PLUR, demostrando que la sostenibilidad también puede ser femenina y sexy; y UANA, que trajo moda con identidad cultural para recordarnos que la creatividad bogotana no se improvisa.
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Hasta ahí, todo bien: talento hay, propuestas sobran y la pasarela de NYFW fue testigo. Pero —porque siempre hay un “pero”— cabe preguntarse: ¿esto es realmente un trampolín internacional o más bien un espejismo con luces de Times Square?
El valor simbólico es enorme: ocho diseñadores bogotanos en el centro de la moda global. Eso proyecta identidad, da visibilidad y, claro, sube el ego colectivo. Sin embargo, NYFW es también una máquina voraz: exige logística, inversión, contactos, distribución y un músculo financiero que no se resuelve con una buena colección ni con un post en Instagram. Participar es carísimo, y no todas las marcas podrán convertir el aplauso en órdenes de compra.
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Lo realmente valioso aquí no es la foto de pasarela, sino lo que venga después: ¿habrá apoyo para exportar? ¿acceso a ferias de negocios? ¿acompañamiento para navegar aduanas, certificaciones y todas esas palabras aburridas que definen si un vestido puede llegar a Londres o quedarse guardado en bodega?
Porque ojo, el riesgo está en que estos viajes se conviertan en vitrinas turísticas de moda, donde mostramos lo “cool” que es Bogotá, pero sin traducir eso en negocios sostenibles. Y la moda no vive de aplausos, vive de ventas.
Así que celebremos, sí. Aplaudamos, claro. Pero también exijamos que detrás de este despliegue haya un plan real para que los diseñadores bogotanos no solo “se vean” en Nueva York, sino que vendan en Nueva York. De lo contrario, la pasarela se queda en performance, y nuestros creadores en casa siguen luchando con el mismo monstruo: un mercado local que todavía no valora la moda como industria cultural y económica de peso.
La moraleja es simple: ir a NYFW es un logro, pero que se traduzca en futuro depende de que Bogotá entienda que no basta con desfilar. Hay que aprender a negociar.