¿Moda libre o moda capturada por conglomerados?

La moda es, en esencia, un lenguaje de libertad. Pero la libertad creativa rara vez sobrevive intacta cuando choca con el poder económico. Este dilema, visible a escala global en la tensión entre diseñadores emergentes y conglomerados como LVMH, Kering o Inditex, encuentra un eco particular en Colombia: ¿cómo sostener la independencia creativa en un país donde la moda, sin capital externo, lucha por sobrevivir?

El espejismo de los grandes grupos

En el mundo, LVMH y Kering han convertido a marcas de autor en imperios corporativos. La entrada de un diseñador a estas casas puede significar reconocimiento y estabilidad, pero también la pérdida de voz propia. Casos como Phoebe Philo, cuya salida de Céline en 2017 reveló la tensión entre su visión y las demandas comerciales del grupo, demuestran el costo creativo de pertenecer a un conglomerado.

En Colombia, aunque no tenemos gigantes de esa escala, la dependencia adopta otra forma: alianzas con plataformas de retail como Éxito, Falabella o incluso marketplaces internacionales como Net-a-Porter. Los diseñadores emergentes dependen de estos canales para visibilidad y ventas, pero muchas veces deben adaptar su propuesta estética a los parámetros comerciales impuestos.

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Un dilema poco explorado: la voz local en riesgo

Lo menos discutido en este debate es el costo cultural: la erosión de la voz local. Cuando un diseñador colombiano adapta su estética para responder a la demanda de grandes superficies, no solo cede libertad, sino que diluye su valor como narrador de identidades propias.

En este sentido, la dependencia no solo es financiera, es también simbólica. La pregunta es clara: ¿qué tanto de la moda que se exporta como “colombiana” sigue siendo realmente un reflejo de nuestra diversidad cultural, y qué tanto es un producto moldeado para encajar en el molde global?

El espejo global: de la autoría al branding corporativo

A nivel internacional, la historia se repite: diseñadores independientes que comienzan con propuestas radicales terminan absorbidos por grupos que priorizan escalabilidad y marketing. El caso de Alexander McQueen, cuya marca fue adquirida por Kering, es paradigmático: su estética transgresora sobrevivió solo parcialmente, domesticada por la maquinaria corporativa.

Este fenómeno alerta a los países emergentes: el talento local no solo corre el riesgo de ser invisibilizado, sino también de ser apropiado por conglomerados que lo empaquetan para el mercado internacional.

Colombia: dependencia en cifras y realidades

El sector moda en Colombia representa alrededor del 9% del PIB manufacturero y emplea a más de 600.000 personas, en su mayoría mujeres (Inexmoda, 2023). Sin embargo, gran parte de la facturación de diseñadores de autor depende de colaboraciones puntuales o de ferias como Colombiamoda y Bogotá Fashion Week, que a menudo se sostienen con patrocinio de grandes marcas de consumo masivo.

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Esto genera una paradoja: la moda independiente se exhibe como bandera cultural, pero subsiste gracias a conglomerados que financian el espectáculo. El talento emergente termina atrapado en la contradicción de necesitar de quienes, al mismo tiempo, limitan su independencia.

El enfoque poco explorado aquí es que la independencia no significa aislamiento absoluto. Lo que se necesita es una independencia crítica:

  1. Modelos de negocio alternativos: cooperativas de diseñadores, asociaciones que negocien en bloque frente a plataformas y conglomerados.
  2. Consumo consciente local: fortalecer el mercado interno para que los diseñadores no dependan exclusivamente de la exportación.
  3. Política cultural de protección: así como Francia subsidia a diseñadores emergentes para garantizar diversidad, Colombia podría crear fondos específicos para apoyar a creadores que preserven identidad local.
  4. Narrativas sólidas: los diseñadores deben priorizar el valor cultural de su propuesta. Una identidad fuerte resiste mejor la presión comercial.

La moda colombiana, como la global, enfrenta la pregunta incómoda: ¿vale la pena crecer a cualquier costo si ese costo es la libertad creativa? El riesgo de depender en exceso de conglomerados no es solo perder autonomía, es perder identidad.

Colombia tiene la oportunidad de repensar este dilema desde su particularidad: una moda que presume diversidad y riqueza cultural, pero que debe decidir si quiere ser recordada como independiente y auténtica, o como una más en la cadena de producción global.

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