En una era donde las tendencias nacen y mueren en el lapso de un TikTok, la pregunta que pocos se hacen es: ¿qué sobrevive realmente al furor digital? Antes, una imagen icónica podría inspirar durante décadas. Hoy, esas imágenes fugaces se consumen, se recitan y se olvidan. ¿Qué queda después del hype?
El valor (real) de una imagen atemporal
Por un lado, basta recordar el poder visual de Grace Jones. Su estética desafiante —ángulos dramáticos, hombros exagerados, actitud andrógina— no fue solo moda: fue una revolución visual. La portada de su disco Nightclubbing (1981), creada junto al legendario Jean-Paul Goude, es una imagen considerada “arresting”, tan influyente que sigue siendo replicada en pasarelas de Saint Laurent, Versace y Alaïa. Esa presencia —mezcla de fuerza estética, desafío de género e identidad— ha inspirado generaciones de artistas como Lady Gaga, Rihanna o Janelle Monáe.
Por otro lado, Karl Lagerfeld logró resucitar a Chanel y convertirla en una marca irresistiblemente elegante y vigente. Introdujo el logo doble C, renovó la icónica chaqueta Chanel con cortes atrevidos e impulsó colaboraciones como la histórica con H&M en 2004. Lagerfeld tenía ese raro talento de reinventarse sin perder la esencia; de honrar la herencia y al mismo tiempo proyectarla hacia el futuro. Su legado sigue vivo hoy, en colecciones, exposiciones y el ADN cultural de la moda. Sin que eso evite que sea merecedor de críticas por sus comentarios racistas y gordofobicos.
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El problema actual: la era del estilo desechable
Contrastemos esas imágenes perdurables con el presente hiperacelerado. Los datos revelan que en el año 2020 se consolidó el modelo de microtendencias, impulsadas por TikTok e Instagram, esas mismas que nacen y mueren en cuestión de semanas. Esto genera una presión constante para producir ropa, muchas veces de baja calidad y alto impacto ambiental. Ya no cultivamos referencia, cultivamos consumo.
La velocidad ahoga la memoria. ¿Cuántos looks virales de 2022 recordarás sin ayuda de Google? ¿Cuántos te inspiran hoy? El fenómeno está tan extendido que el “antifashion”, que celebra lo personal, lo lento y lo discreto, nace como respuesta crítica a esta saturación de estética instantánea.

Este es un cambio cultural profundo: la moda dejó de ser lenguaje para convertirse en consumo. Las imágenes se suceden, pero no se arraigan. La inmediatez destruye la inspiración.
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¿Qué diferencia al estilo que perdura?
Primero, la intención estética. Grace Jones no se vestía para gustar: su estilo era una declaración política y racial. Lagerfeld no diseñaba por estar “in”, sino por dejar un legado sartorial y creativo.
Segundo, la consistencia. La moda rápida se vuelve visible, pero también efímera. El estilo atemporal se construye con densidad visual y simbólica: imágenes que funcionan como archivo cultural, no como contenido viral.
Tercero, la reapropiación consciente. Los diseñadores actuales que realmente importan no solo copian un estilo, lo reinterpretan con mirada crítica. Están más preocupados por pensar lo que viste que por multiplicar el “look del momento”.
¿Y ahora qué?
Con lo anterior solo queda, en primera instancia, valorar lo perdurable: buscar inspiración en estética que trasciende temporadas—como la provocación visual de Grace Jones o la elegancia renovada de Chanel—, no solo en lo momentáneo. También se debe construir un propio archivo estético: tu estilo personal debe ser atemporal, coherente y con sentido, no un collage de tendencias. Y por último, consumir con criterio: exigir moda que dure, que cuente historias, que respire cultura si queremos dejar algo que vaya más allá del hype