En la era de TikTok e Instagram, los influencers de moda se han convertido en los nuevos “editores de tendencias”. Pero a diferencia de las revistas tradicionales, que operaban bajo ciertos códigos deontológicos, hoy cualquier creador de contenido puede viralizar un look en minutos sin asumir responsabilidad por el impacto de sus recomendaciones.
Este poder de prescripción es inmenso: un solo video viral puede disparar las búsquedas en un 500% en menos de 48 horas (WGSN, 2022) y provocar picos de producción que se traducen en jornadas de hasta 16 horas para trabajadores textiles en países como Bangladesh, según Clean Clothes Campaign (2021). Sin embargo, en la mayoría de los casos, los influencers ignoran deliberadamente o por desconocimiento estas consecuencias.

Tomemos casos concretos: en 2023, el trend “#Cottagecore” explotó gracias a microinfluencers de TikTok, lo que impulsó una oleada de pedidos rápidos en Shein, marca acusada reiteradamente de plagio y violaciones laborales (Reuters, 2023). Ninguno de los creadores vinculados al trend emitió aclaraciones sobre las condiciones en que se fabricaron las prendas, ni recomendó alternativas responsables. Este silencio es un claro ejemplo de irresponsabilidad ética.
Hoy, un influencer puede decidir qué tendencia se convierte en la próxima microtendencia mortal para el planeta y los trabajadores. Por eso propongo que los creadores de contenido de moda adopten un “código ético” que incluya:
- Transparencia sobre la procedencia de las prendas que promocionan
- Promoción de marcas que respeten derechos laborales y el medio ambiente
- Información sobre el ciclo de vida de los productos y alternativas de consumo responsable
- Renuncia explícita a colaborar con marcas vinculadas a explotación o greenwashing.

La industria necesita un cambio urgente: no se trata de cancelar influencers, sino de hacerlos conscientes de que sus likes, sus stories y sus reels tienen un impacto real. Si los influencers quieren ser respetados como prescriptores de estilo, también deben asumir el peso de esa influencia.
Como consumidores, debemos exigir que los creadores que seguimos rindan cuentas. Y como creadores, debemos reconocer que en cada clic hay una responsabilidad moral que trasciende lo viral.