La moda siempre ha sido un lenguaje. Y como todo lenguaje, cambia. Hoy, hablar de ropa sin género parece disruptivo, necesario. Pero también nos obliga a preguntar: ¿estamos realmente redefiniendo la identidad o solo maquillando las etiquetas?
En su mejor versión, la moda sin género ha permitido a muchas personas —hoy y siempre— salir del molde preestablecido. Las colecciones unisex retan el canon binario y abren espacio a formas de vestir que no se leen como “masculino” o “femenino”. Cuando marcas y diseñadores ponen en primer plano el cuerpo, más que el género, la ropa deja de ser un uniforme impuesto para convertirse en posibilidad.
Un ejemplo local lo encontramos en marcas como Sixxta, un proyecto que ofrece prendas neutras, pensadas para diversos cuerpos, sin imponer una interpretación rígida de identidad.
Desde la comunicación visual hasta los cortes de las prendas, la marca apuesta por una coherencia estética que entiende la moda como una extensión del cuerpo, no como un disfraz que lo encasilla. Esa coherencia es fundamental: no se trata solo de colgar la etiqueta “sin género” y llamar a una camiseta “unisex”. Sixxta demuestra que hay un trabajo editorial, de patronaje y de compromiso sociocultural detrás de cada botón.

A escala global, Harris Reed ha sido uno de los nombres que más ha resonado en los últimos años. Este diseñador británico fusiona lo masculino y lo femenino con una teatralidad que desafía lo normativo: corsés para hombres, trajes trayectos de volúmenes pronunciados para mujeres, siluetas andróginas que juegan con la nostalgia victoriana y el futurismo.
Reed no solo hace ropa sin género: construye personajes híbridos que permiten a quienes visten sus piezas narrar múltiples identidades a la vez. Su trabajo deja claro que la moda sin género puede tener una dimensión poética y de resistencia, y que una prenda puede ser un acto político antes que un simple objeto estético.
Lo crítico: ¿quién puede acceder a esa neutralidad?
Pero no todo lo que brilla es sin género. El discurso de la neutralidad muchas veces se asocia a un tipo de silueta específica —oversize, minimalismo neutro, tonos apagados— y termina consolidando una estética hegemónica.
Esa androginia blanca, delgada y europea que vemos en tantas pasarelas o tiendas de lujo no está pensada para cuerpos con curvas marcadas, para personas racializadas o para identidades que no encajan con el canon occidental. Quienes lucen esa “libertad” a menudo son perfiles privilegiados: jóvenes urbanos con acceso a créditos y discursos de moda.
Además, muchas marcas aprovechan el discurso sin género como un gancho de marketing sin revisar a fondo sus procesos de confección. Se convierten en vendedores de un “nuevo” ideal estético, pero mantienen las mismas prácticas de producción extractiva, la misma falta de diversidad en tallas y la misma representación limitada en sus campañas.
¿Es lo mismo no tener género que no tener identidad?
En la prisa por borrar las categorías de género, a veces olvidamos que la identidad no se reduce a la ausencia de etiquetas. Borrar el género no implica automáticamente romper con todos los prejuicios que atraviesan la moda: hay referencias culturales, prácticas populares y modos de vestir asociados a historias concretas.
Cuando una propuesta sin género se impone, puede también borrar aquello que la distinguía de lo normativo. Por ejemplo, muchas estéticas afeminadas o hipermasculinas han sido creadas para reivindicar cuerpos marginados; simplificar todo bajo el paraguas neutro puede traducirse en aislamiento de esas historias.
La libertad de no etiquetar no debe convertirse en el mandato de uniformar. Vestir sin género no significa que todos debamos usar la misma caída de tela, el mismo corte de pantalón o las mismas gamas cromáticas. Una verdadera propuesta sin género debería permitir la coexistencia de múltiples narrativas: la mujer que siente poder en un esmoquin oversized, el hombre que reivindica la suavidad a través de un slip dress, pero también la persona no binaria que construye su identidad con mensajes, texturas y accesorios que cuentan su historia.
El problema surge cuando la neutralidad se confunde con la homogeneidad: la tendencia puede volverse uniforme, y esa contrarrevolución disuelve en masa la diversidad que prometía celebrar.

Herramienta de liberación
La moda sin género puede ser una herramienta de liberación genuina, pero no por sí sola redefine la identidad. El verdadero cambio ocurre cuando esa moda se hace cargo de representar realidades diversas: cuerpos variados, historias múltiples, discursos que cuestionan el poder establecido. Cuando la neutralidad se convierte en una excusa para invisibilizar las diferencias, se corre el riesgo de traicionar los principios de inclusión y subversión que originalmente la impulsaron.
Vestir sin género puede ser una forma poderosa de comunicación, siempre que reconozca y dé espacio a todas las identidades que coexisten. Solo cuando dejamos claro que la identidad no se anula, se multiplica, abrimos la verdadera puerta a un lenguaje de la moda que no discrimina, que no borra, que no vende la misma neutralidad para todos. Porque, al final, la riqueza está en la diferencia, no en la uniformidad supuesta de una etiqueta.
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