Vivimos una era en la que basta un filtro, un render o una imagen generada por inteligencia artificial para definir lo que entendemos como “estilo”. Las redes sociales no solo dictan tendencias: fabrican realidades. En cuestión de segundos, un “look viral” puede pasar de un servidor en China o una app en Los Ángeles a tu pantalla en Bogotá, presentándose como “alta moda” aunque nunca haya existido fuera del píxel. Y lo más inquietante no es el engaño, sino la facilidad con la que lo aceptamos.
La moda, que alguna vez fue testimonio tangible de creatividad, se ha convertido en un espejo roto donde los reflejos son simulaciones. Lo que antes era una puesta en escena artística, (sea el artificio del glamour o la teatralidad del exceso) hoy se disfraza de verdad absoluta. El resultado: creemos en vestidos que nadie diseñó, en marcas que nunca los produjeron y en “influencers” que, en algunos casos, ni siquiera son humanos.
El simulacro de lo deseable
En los últimos años, medios como Business of Fashion y Vogue Business han documentado cómo la moda digital ha pasado de ser un experimento a un negocio millonario. Influencers generadas por inteligencia artificial como Lil Miquela o la española Aitana López acumulan contratos reales con marcas reales, aun cuando sus cuerpos no existen más allá de un render. El algoritmo premia lo que parece humano, no lo que lo es. Y las marcas, en una búsqueda desesperada por relevancia, se suben a la ola sin aclarar que esos looks son fabricaciones.
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El problema se agrava cuando la mentira se disfraza de aspiración. En TikTok, Pinterest o Instagram circulan imágenes de supuestas pasarelas “de Balenciaga”, “Diesel” o “Gucci” creadas con IA o editadas con Photoshop, y se viralizan como si fueran desfiles reales. La estética futurista o grotesca de estas piezas genera conversación y deseo, y pronto decenas de usuarios las replican, convencidos de estar participando en una tendencia global. Las marcas, a veces sin culpa, a veces en silencio cómplice; se benefician del ruido.
La moda siempre ha jugado con la ilusión. Pero una cosa es el artificio estético y otra la falsificación sistemática del imaginario. Cuando la línea entre lo real y lo simulado se vuelve irreconocible, no estamos ante creatividad digital, sino ante una industria que premia la manipulación.
Y el público, por supuesto, juega su parte. En la economía de los likes, la verdad se ha vuelto un obstáculo. No importa si el vestido existe: importa que luzca caro, que brille en el feed, que despierte envidia. La mentira visual se sostiene porque alimenta deseos muy reales: pertenecer, parecer, aspirar. En palabras simples, queremos creer en el lujo aunque sepamos que es falso.

Colombia y el espejismo del estatus
En Colombia, este fenómeno adquiere matices particulares. Aquí, la apariencia no es un simple adorno, sino una forma de sobrevivir al clasismo. Desde los años ochenta, la cultura visual del país ha estado marcada por la narcoestética: el oro, las pieles, los brillos y los logos se convirtieron en símbolos de poder, pero también en lenguajes de ascenso social. Hoy, esa narrativa se recicla en las redes, con un toque más digital, pero el mismo fondo aspiracional.
Durante eventos como Colombiamoda o las semanas de la moda locales, proliferan influenciadores que posan en “front row” improvisados con atuendos que aparentan lujo internacional. Algunos presentan piezas como “de diseñador” cuando, en realidad, son prendas compradas en tiendas minoristas o en marketplaces globales como Shein o Aliexpress, estilizadas bajo filtros que las elevan al estatus de couture. Otros venden “ropa premium” que en realidad son importaciones baratas reetiquetadas.
No se trata de acusar a nadie, sino de señalar una estructura de incentivos: mientras más convincente sea la ilusión, más rentable se vuelve. Las marcas buscan visibilidad; los creadores, relevancia; las plataformas, interacción. En ese triángulo, la autenticidad se sacrifica. El “parecer” ha reemplazado al “ser”.
Y aquí la crítica se vuelve más profunda: ¿qué nos dice de nuestra sociedad que el engaño visual se haya normalizado? Que para muchos jóvenes, construir una identidad digital exitosa es más importante que la transparencia. Que fingir ser parte del sistema moda global puede ser una estrategia económica, pero también una forma de performar clase, belleza y poder.
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La psicología del consumo aspiracional tiene raíces culturales y políticas. En un país donde la desigualdad es brutal, el lujo, aunque sea falso, funciona como lenguaje de validación. Mostrar “lo caro” se convierte en una forma de reclamar respeto. Pero en esa actuación también se cuela la trampa: reproducimos los mismos sistemas de exclusión que criticamos.

El problema no es el filtro: es la falta de verdad
No hay nada de malo en usar herramientas digitales o experimentar con IA. La moda, como expresión cultural, siempre ha sido una ficción hermosa. El problema es cuando esa ficción se convierte en fraude deliberado: cuando se borra la línea entre estética y mentira, entre inspiración y manipulación.
El daño no se limita a una prenda falsa o un look inventado: erosiona la confianza en la industria, degrada la credibilidad del contenido y debilita el discurso crítico sobre la moda. Si todo es simulacro, entonces nada tiene valor.
Y en esa confusión, el periodismo, la crítica y el pensamiento estético tienen una tarea urgente: verificar antes de amplificar. Usar herramientas como Google Lens o InVID para rastrear imágenes; contrastar con medios especializados como Vogue Runway o BoF; exigir transparencia a quienes producen contenido. La alfabetización visual debería ser parte de la educación contemporánea tanto como la lectura crítica.
Porque al final, lo que está en juego no es una foto bonita. Es la relación entre verdad y deseo. La moda sin verdad es solo ruido: una secuencia infinita de apariencias que se consumen y se olvidan. Pero la moda con conciencia, aquella que no teme mostrar su artificio, puede seguir siendo arte, lenguaje, y sobre todo, espejo.
Y si queremos que ese espejo refleje algo más que ilusiones, tenemos que empezar por reconocer cuándo nos están vendiendo humo. O, peor aún, cuándo somos nosotros quienes lo compartimos.