Colombia presume de su moda como motor cultural y económico. Ferias como Colombiamoda, Bogotá Fashion Week o CaliExposhow son vitrinas de diseño y creatividad que buscan proyectar al país como epicentro latinoamericano de talento. Sin embargo, detrás de la alfombra roja y las luces de pasarela, existe una realidad menos glamorosa: jóvenes diseñadores, costureras, modelos y estilistas que trabajan en condiciones precarias, muchas veces sin pago, sin contratos y con la ilusión de que “la experiencia abrirá puertas”.
Este fenómeno no es exclusivo de Colombia, pero aquí adquiere matices particulares: la falta de regulación laboral en el sector creativo, el bajo apoyo institucional y la normalización cultural de la explotación. Todo esto construye un sistema donde la moda brilla hacia afuera, pero se alimenta del sacrificio interno.
Cada año, Colombiamoda congrega a decenas de marcas, medios y diseñadores emergentes. Es el escaparate de la industria, pero para muchos jóvenes creativos se convierte en un espacio de trabajo gratuito disfrazado de “oportunidad”. Estudiantes de diseño aceptan jornadas extensas como voluntarios: armar colecciones, cargar vestuarios, coser a última hora, asistir a diseñadores consolidados. Nada de eso es remunerado, y en algunos casos ni siquiera se reconoce con certificaciones formales.
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Este patrón replica lo que ocurre a nivel global. En Londres, por ejemplo, se calcula que el 48% de las pasantías en moda son no remuneradas y cuestan a los estudiantes más de £1.000 al mes (Medium, Katya Styles, 2023). En Estados Unidos, la Council of Fashion Designers of America (CFDA) encontró que el 78% de quienes realizan internados no remunerados dependen del apoyo económico familiar (CFDA, 2020).
En Colombia, aunque los números no están sistematizados, basta conversar con estudiantes de programas de diseño en Medellín, Bogotá o Cali para escuchar relatos similares: la mayoría de sus primeras experiencias laborales son gratuitas o con pagos simbólicos, a menudo en ferias y pasarelas que facturan millones de dólares en patrocinio.

Lo más inquietante no es solo la falta de pago, sino la cultura que lo normaliza. Se les dice a los jóvenes: “esto es una inversión en tu carrera”, “trabaja gratis hoy para que mañana brilles”. Esta narrativa, que en otros sectores sería denunciada como explotación, en moda se romantiza como “pasión”.
El término “passion pay”, ampliamente discutido en Corea y otros países, refleja esta lógica: trabajar sin salario a cambio de pertenecer a un mundo creativo considerado un privilegio. En Colombia, este discurso encuentra terreno fértil porque se asocia la moda con estatus social y visibilidad mediática. Así, el glamour justifica el abuso.
Un ejemplo claro lo relataba La Nación en Argentina: un asesor de moda afirmaba que la baja remuneración “se compensa porque estar en una industria tan glamorosa es un privilegio” (La Nación, 2017). Esa frase podría escucharse sin problema en un backstage colombiano.
El costo oculto de trabajar gratis
El precio de esta precariedad no es solo económico. Quienes trabajan sin paga enfrentan:
- Estrés financiero: muchos estudiantes en Colombia provienen de familias que hacen grandes sacrificios para costear programas de diseño (carreras privadas que superan los 8 a 12 millones por semestre). Trabajar gratis solo agudiza la deuda familiar.
- Desigualdad de acceso: solo quienes tienen respaldo económico pueden aceptar estas pasantías. Esto excluye a estudiantes de sectores populares, limitando la diversidad en la moda colombiana.
- Salud mental y desgaste: jornadas de 12 o más horas, sin seguridad social ni garantías, generan agotamiento y burnout, tal como documentó Katya Styles en Reino Unido (Medium, 2023).
- Falta de proyección real: un estudio de la National Association of Colleges and Employers (NACE) mostró que quienes realizan pasantías no remuneradas tienen menos probabilidad de conseguir empleo estable que quienes reciben remuneración (NACE, 2019).
En resumen, trabajar gratis no garantiza futuro; al contrario, perpetúa un ciclo de exclusión.
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La precariedad no solo afecta a los diseñadores emergentes. En Colombia, la cadena de valor de la moda descansa sobre miles de mujeres confeccionistas subcontratadas. De acuerdo con El Economista, la mayoría no tiene contratos legales, trabajan hasta 18 horas y reciben pagos bajos e irregulares (El Economista, 2024).
Así, se configura una doble precariedad: en la base productiva (costureras y talleres), y en la cúspide aspiracional (jóvenes creativos). La moda colombiana brilla hacia afuera, pero se precariza tanto en sus cimientos como en su proyección.

Comparar para dimensionar
- Corea del Sur: se prohíbe el passion pay en muchos sectores creativos, bajo sanciones laborales.
- Colombia: el Ministerio de Cultura incluye la moda en la economía naranja, pero el apoyo se traduce más en ferias que en protección laboral. Los recursos públicos se destinan a visibilidad, no a garantizar condiciones dignas.
La comparación evidencia la falta de políticas que regulen pasantías, freelancing y condiciones mínimas para estudiantes y recién graduados en el país.
Si bien las críticas suelen centrarse en lo económico, hay una deuda cultural más profunda. La industria se alimenta de los sueños de jóvenes creativos, pero no les devuelve condiciones para sostenerlos. Se glorifica el sacrificio como prueba de pertenencia. El mensaje es claro: “para estar aquí, tienes que aguantarlo todo”.
Este pacto tácito daña no solo a individuos, sino a la diversidad creativa del país. Diseñadores emergentes con visiones distintas —afros, indígenas, rurales— quedan relegados porque no pueden costear el lujo de trabajar gratis en Medellín o Bogotá. El resultado es una moda que presume diversidad estética en pasarela, pero que es poco diversa en sus condiciones de acceso.
¿Qué hacer?
- Regulación laboral en moda: el Ministerio de Trabajo debería establecer lineamientos para pasantías en industrias creativas, garantizando remuneración mínima.
- Apoyo institucional real: fondos de becas y programas de apoyo para diseñadores emergentes, no solo vitrinas en ferias.
- Responsabilidad empresarial: las grandes marcas colombianas deben comprometerse con contratos justos para voluntarios e internos.
- Cambio cultural: dejar de romantizar el abuso como “pasión”. La moda no debería construirse sobre la explotación juvenil.
- Visibilizar el problema: medios especializados y críticos deben hablar de este tema con la misma fuerza con que hablan de sostenibilidad ambiental.
La moda colombiana quiere ser reconocida globalmente, pero ese reconocimiento se construye sobre pies de barro: la precarización del talento joven. Mientras se proyecta como motor cultural y creativo, sigue en deuda con quienes sostienen sus estructuras desde la base.
La verdadera sostenibilidad no será nunca solo ambiental o estética: será laboral. Y esa deuda, tarde o temprano, tendrá que pagarse.