La gran mentira del lujo: cómo la moda se volvió un simulacro de sí misma

Ya no sorprende, pero sigue cansando. Cansa ver cómo la moda, esa maquinaria que alguna vez fue sinónimo de provocación, discurso y estética como declaración política, se ha vuelto una farsa perfectamente iluminada. Cansa el espectáculo del mismo desfile en distinto país, de la misma colección reinterpretada con otro logo, de los mismos gestos vacíos camuflados como “ruptura”. Cansa ver cómo el sistema se recicla a sí mismo y lo llama renacimiento.

Hoy la moda vive de espejos. Lo que brilla no es la idea, es el algoritmo. Lo que conmueve no es el diseño, es la estética del “momento”. La moda dejó de mirar hacia adelante: ahora solo se observa en su propio reflejo, obsesionada con los likes, las métricas y la nostalgia rentable. Todo es archivo, revisión, tributo o reinterpretación. Y lo peor: nadie parece cuestionarlo.

La dictadura del aplauso

Los medios de moda, esos que antes ejercían pensamiento crítico y hacían temblar a los diseñadores con una reseña honesta, se convirtieron en departamentos de comunicación disfrazados de periodismo. Ya no informan: promueven. Ya no analizan: repiten comunicados de prensa con adjetivos vacíos como “icónico”, “sublime”, “atemporal”. La crítica desapareció, sustituida por el miedo a incomodar. Nadie quiere perder una invitación al desfile, una mención, una caja de regalo o la posibilidad de una colaboración futura.

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Y entonces nos quedamos con reseñas que no dicen nada. “Una oda a la feminidad contemporánea”. “Una exploración del archivo de la casa”. “Una conversación entre pasado y presente”. Palabras que suenan a profundidad, pero no significan absolutamente nada. La moda se volvió un campo semántico lleno de humo y frases hechas.

Y en medio de todo esto, ahí están ellos: los influencers, esos nuevos sacerdotes del lujo falso. Son el rostro amable del capitalismo del deseo. Nos venden autenticidad empaquetada, experiencias “exclusivas” que en realidad son publicidad con mejor edición. Posan con el mismo bolso, frente al mismo fondo blanco, diciendo que “la moda es una forma de expresión”, cuando lo único que expresan es dependencia del sistema que los alimenta.

El influencer contemporáneo no comunica: vende. No se pregunta de dónde viene lo que luce, ni qué simboliza, ni qué discurso hay detrás. Su trabajo es convertir el consumo en aspiración. Y lo logran tan bien, que incluso quienes ya no creen en la moda terminan deseando pertenecer a ese mundo de filtros, asientos reservados y regalos personalizados.

Las marcas y la ilusión del cambio

Mientras tanto, las grandes marcas siguen jugando a la reinvención. Cambian directores creativos cada dos años como si fueran fichas intercambiables de una misma narrativa agotada. Nos prometen “nuevos comienzos”, “rupturas con el pasado”, “nuevas visiones”, pero en el fondo todo huele igual: perfume de marketing con notas de archivo.

La obsesión con los antiguos directores creativos es casi religiosa. Cada temporada se invoca a Galliano, a McQueen, a Margiela, a Ghesquière, a Phoebe Philo. Todos revisan, reinterpretan, versionan. ¿Y la creación? Perdida entre homenajes y réplicas. Es como si la moda hubiera renunciado a imaginar. Como si su única fuente de inspiración fuera su propia historia.

¿De verdad esto es innovación? ¿O es simplemente reciclaje emocional envuelto en telas costosas? La moda se ha convertido en un museo de sí misma, un loop infinito donde todo se parece a algo que ya vimos, pero más caro, más controlado, más curado.

Foto: Vogue/captura de pantalla

Y nosotros, claro, somos parte del problema. Nos indignamos un rato, pero seguimos mirando. Nos burlamos del absurdo, pero igual damos clic. Seguimos las cuentas, compartimos los looks, nos reímos del exceso, pero seguimos consumiendo el mismo contenido que criticamos.

La moda sabe que no necesitamos creerle, solo entretenernos. Y ahí está su triunfo: en habernos convencido de que mirar también es participar. Que observar el espectáculo es suficiente. Pero no lo es. El aplauso sostenido del público cómplice es lo que mantiene viva la farsa.

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El miedo a decir la verdad

¿Dónde están los que se atreven a decir que el emperador está desnudo? ¿Por qué parece que todos (desde editores hasta creativos, desde críticos hasta fotógrafos) se resignaron al silencio?
Porque la moda castiga el desacuerdo. Cuestionar es cerrarse puertas. Criticar es arriesgar invitaciones. Es más rentable callar y aplaudir. Así el sistema se mantiene intacto: todos ganan algo, nadie se atreve a perder nada.

La verdad se volvió el gesto más subversivo. Hoy decir que una colección es mediocre o que un diseñador perdió el rumbo suena casi escandaloso. Pero lo es. Porque detrás de la pose, de los desfiles espectaculares y de las colaboraciones “rompedoras”, la moda está vacía. Una industria agotada que sobrevive gracias a la ilusión de novedad.

Cada vez resulta más difícil distinguir entre una colección de lujo y una cápsula de fast fashion. Todo se parece: las mismas siluetas, los mismos cortes, los mismos colores “seguros”, los mismos relatos de “diversidad” que terminan siendo decorativos.
El diseño, ese acto de pensar con las manos, de traducir ideas en materia, parece haber sido reemplazado por la obsesión con el contenido. Los diseñadores ya no crean para vestir cuerpos, sino para producir imágenes.

¿Será este el fin del diseño? ¿O apenas la confirmación de que el diseño como lenguaje ha sido domesticado por el marketing? Hoy, las prendas no cuentan historias: se venden con slogans. Las colecciones no proponen mundos: se miden en reproducciones. Y el lujo, ese concepto que alguna vez significó tiempo, técnica y belleza, hoy significa exclusión, escasez y precio inflado.

Todo parece un simulacro

La moda se volvió un espejo deformado de sí misma. Ya no produce cultura: la recicla. Ya no propone, cita. Ya no incomoda, entretiene. Y aun así, seguimos pretendiendo que algo importante está pasando, que cada desfile “marca una nueva era”, que cada colaboración es “histórica”, que cada prenda “redefine lo contemporáneo”.

Pero nada se redefine cuando todo está calculado.
Nada se revoluciona cuando todo está pactado.

La moda de hoy es una coreografía del consenso: todos fingen, todos ganan, nadie cuestiona. Y así, lo que alguna vez fue territorio de la imaginación, se volvió una industria del simulacro, donde la autenticidad se vende por temporada y la creatividad es una palabra vacía.

A veces pienso que la moda murió el día en que empezó a tomarse demasiado en serio. El día en que la ironía fue reemplazada por la estrategia, la pasión por la proyección, la idea por el algoritmo. Hoy suena como una fiesta sin alma: la música sigue, pero nadie baila de verdad.

Tal vez lo único honesto que queda sea el cansancio. El cansancio de ver cómo lo falso triunfa, cómo lo vacío se celebra, cómo lo mismo se disfraza de novedad.

Tal vez lo más radical que podamos hacer sea mirar sin aplaudir. Porque el silencio, ese gesto incómodo, impopular, es el único que todavía puede incomodar al sistema.

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