La falsa democratización de la moda: ¿acceso para todos o puro marketing?

La moda se ve hoy como más accesible que nunca. Desfiles de casas de lujo transmitidos en directo, colaboraciones masivas (como H&M x Karl Lagerfeld) y la omnipresencia de influencers parecen desmantelar las barreras que históricamente la rodearon. Sin embargo, tras ese espejismo de apertura, emergen interrogantes: ¿hemos logrado verdaderamente una democratización de la moda o solo se trata de una estrategia de marketing?

Desde sus inicios, la moda se ha tejido con hilos de distinción social. Ya Thorstein Veblen —con su teoría de la “clase ociosa”— y Georg Simmel —con el patrón de imitación trickle‑down— identificaron cómo las clases altas usaban la vestimenta para delinear su estatus. La alta costura ha sido siempre inaccesible, no solo por su precio, sino por su exclusividad simbólica.

¿Y la democratización?

La idea llegó primero con Mass‑market diffusion lines y el fast fashion, y más tarde, con las redes sociales. TIME documentaba cómo la retransmisión de pasarelas y campañas como la de Isaac Mizrahi para Target en 2002 rompían moldes. Instagram, blogs y canales como Diet Prada han fortalecido esta narrativa: “ahora todos podemos participar”.

Foto: Pinterest

Pero esa equiparación se tambalea ante materializaciones sospechosas. Las marcas de lujo, según un estudio del Journal of Business Research, mantienen la distinción reduciendo la “exclusividad percibida” y ajustando su posicionamiento hacia símbolos accesibles solo para ciertos nichos.

¿Quiénes cuestionan esta elite?

Dos voces académicas clave:

Elizabeth Currid‑Halkett, académica del arte urbano y cultural, ha investigado cómo la “clase aspiracional” usa lo que llama “inconspicuous consumption” —gastos en lo intangible y cultural— para marcar jerarquías sin alardes ostentosos.

Ashley Mears, socióloga y exmodelo, demuestra en su libro Pricing Beauty cómo los insiders de la moda (modelos, agentes) reproducen desigualdades: estándares raciales y corporales siguen siendo barreras para muchas, bajo la fachada de democratización.

¿Qué está bien y qué falla?

Lo que celebramos:

La visibilidad expandida: redes y bloggers abren nuevas narrativas, dan voz a minorías y descubren talentos fuera de los circuitos tradicionales.

La participación crítica: movimientos como Diet Prada evidencian plagios, falta de diversidad o racismo estilístico, aportando transparencia.

Lo que debemos cuestionar:

El fast fashion sigue cargado de explotación económica y ambiental, llevando “lo accesible” a un precio social inaceptable. La trampa del marketing: esa democratización aparente se usa para aumentar ventas sin alterar estructuras de poder; las elite siguen marcando qué se considera “cool”.

La inequidad en las pasarelas: no basta acceder al producto, se mantienen barreras simbólicas —en educación, cultura, capital social— difíciles de franquear.

Foto: Pinterest

¿Hacia dónde mirar?

La verdadera democratización debe:

1. Descolonizar el gusto: incluir voces y referencias diversas, como sugiere Elizabeth Wilson contra la asociación entre moda y “civilización” occidental elitista.

2. Repartir poder económico y cultural: permitir que no solo se compre, sino que se cree y decida, vía educación accesible, apoyo a marcas emergentes, diversidad real en los equipos.

3. Alinear ética y estética: no solo reducir precios, sino garantizar condiciones dignas en ropa, modelos y detrás de cámaras.

La moda elitista no se esfuma con solo hacer campañas online o vender en masa. El verdadero cambio ocurre cuando se transforma el acceso al poder cultural y económico. Y aunque las nuevas plataformas han empujado una narrativa más abierta, debemos permanecer críticos: cuestionar quién se beneficia, quién decide y quién sigue excluido. Solo así celebraremos una democratización real, más allá del marketing.

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