El mercado global de la moda “étnica”: multimillonario, pero sin retorno para las comunidades

El auge global de la moda “étnica” —una categoría estética que incluye textiles, bordados y técnicas originarias— mueve aproximadamente USD 8.2 mil millones al año, según estimaciones del sector. Sin embargo, sólo un mínimo del 0.03 % de ese valor retorna a las comunidades que son propietarias culturales de esas técnicas y saberes ancestrales.

Este sistema se sostiene mediante economías extractivas: marcas multimillonarias facturan cifras estratosféricas mientras las verdaderas creadoras, muchas en comunidades indígenas o rurales, perciben ingresos simbólicos o inexistentes por siglos de creatividad visual.

Cinco casos emblemáticos ilustran esta realidad:

  1. Shein facturó más de USD 23 mil millones en 2024 a partir de un modelo de reproducción masiva y rápida de diseños artesanales (copiando piezas en menos de 48 horas). Pero muchas artesanas sólo ganan unos USD 2 diarios, mientras su creatividad ancestral se replica sin compensación.
  2. Zara ha sido acusada por gobiernos como el de México y comunidades indígenas por reproducir huipiles tradicionales sin permiso, crédito ni compensación. Un huipil que cuesta USD 15 se vende a USD 300, lo que implica un impresionante markup del 2 000%.
  3. Anthropologie, con su línea de bordados Otomí, generó unas ventas cercanas a USD 50 millones mientras las comunidades mixtecas y otomíes no recibieron ni reconocimiento simbólico ni compensación económica.
  4. La African Collection de H&M habría vendido hasta USD 200 millones, apoyada en estampados populares africanos. No obstante, no hay evidencias de que se invirtieran recursos en las comunidades origen.
  5. Louis Vuitton lanzó bolsos con estampados de kente ghanés (un tejido de gran valor cultural) por hasta USD 4.000. A pesar de leyes nacionales que exigen retribución por uso comercial del folclor, Ghana no recibió nada.

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Estos casos revelan un patrón brutal de inequidad: creación ancestral preservada por comunidades originarias, reproducción a velocidad industrial sin involucrarlas, y captura de todo el valor por parte de marcas globales.

¿Qué está haciendo Colombia para romper este ciclo?

En el contexto colombiano, el sector de la moda enfrenta sus propias tensiones respecto al reconocimiento del trabajo artesanal. Aunque hay avances, la industria aún no ha erradicado del todo prácticas extractivas; sin embargo, emergen varias iniciativas prometedoras.

1. Comercio justo y cooperativas de artesanas
Organizaciones como Asocolflores en la región andina promueven el comercio justo, y existen cooperativas indígenas (Wayuu, Pastos, Pijao) que trabajan directamente con marcas para crear colecciones legítimas. Si bien estos modelos representan una excepción, muestran que es posible construir moda con justicia simbólica y económica.

2. Certificaciones de moda ética
El sello Moda con Sentido, promovido por algunas ONG y universidades, certifica prendas que entregan mínimo el 30% de valor agregado a comunidades rurales. Aunque limitado, es un primer paso hacia mayor transparencia y equidad.

3. Diseño con memoria cultural
Varios diseñadores emergentes están desarrollando moda consciente: Daniel Pineda con su colección inspirada en bordados de mujeres huilenses, y marcas como Verde Esperanza que usan fibras nativas teñidas naturalmente, también reconocen explícitamente a artesanas.

4. Eventos de diseño indígena y rural
Ferias como Colombiamoda han empezado a incluir pabellones dedicados a moda originaria, con exhibición y venta directa de piezas artesanales. Aunque aún incipientes, estas plataformas están abriendo mercados reales más allá de lo digital.

5. Educación al consumidor
Publicaciones como Pijao Fashion, El Malpensante, y podcasts de moda, dedican episodios al valor simbólico del textil originario y a la necesidad de consumo consciente. Aunque no hay cifras de impacto masivo, son espacios de cambio cultural.

Colombia está lejos de abandonar prácticas extractivas, pero la emergencia de marcas, colectivos y certificaciones marca una ruta ética clara. El reto es escalar el modelo hacia una industria más justa y preservar la dignidad creativa de comunidades que sostienen su patrimonio cultural.

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¿Por qué sigue funcionando este modelo extractivo?

Existen varias razones, pero entre las principales están:

  1. Velocidad y anonimato legal: firmas como Shein usan algoritmos para detectar y reproducir diseños antes de que existan derechos de autor establecidos.
  2. Margen masivo: compran a bajos costos sin intermediarios, venden caro, y se quedan con todo el margen comercial.
  3. Invisibilización del origen: no se publican etiquetas de autoría, ni historias, ni créditos.
  4. Carencia regulatoria global: no existen normativas internacionales vinculantes para proteger el patrimonio cultural inmaterial.

Propuestas para redefinir: justicia estética y económica

Algunas iniciativas que, a mi parecer, podrían funcionar para devolverle el valor a estas técnicas o textiles son:

  • Etiquetados éticos obligatorios: exigir mostrar origen cultural, autoría artesanal y porcentaje de ingresos revertidos.
  • Regalías culturales y registros de patrimonio colectivo: como sistemas de Geographic Indications con licencias colectivas sobre técnicas protectoras.
  • Alianzas directas con artesanas: modelos de producción justos son los más transparentes y sólidos.
  • Auditorías de impacto anual: medir reinversión, empleo local y visibilidad.
  • Educación al consumidor: potenciar narrativas que expliquen quién hace y por qué pagamos más.

En conclusión, el sistema actual de moda étnica global es extractivo, rentable y desigual. Mientras marcas como Shein, Zara, H&M o LV acumulan millones, el trabajo cultural ancestral queda sin compensación real. Esto ocurre por inacción legislativa, capital global especulativo y falta de visibilidad consciente.

Pero en Colombia hay iniciativas éticas prácticas que prueban que otra forma de hacer moda es posible: una que respeta la autoría, distribuye riqueza y preserva la identidad cultural. Necesitamos ampliar esos modelos desde la academia, las ferias de diseño y políticas públicas.

Porque la moda no es solo ropa. Es economía, es herencia, es cultura. Y vestir con justicia es tanto un gesto personal como un imperativo colectivo.

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