El espejismo conservador: ¿por qué la juventud romantiza el pasado?

No es un capricho estético: cuando vemos cuentas que glorifican la “feminidad tradicional”, videos que venden la vida de “esposa clásica” o el resurgir de estéticas que idealizan la obediencia y el orden, estamos frente a un fenómeno social. Lo que muchos celebran como lifestyle tiene raíces políticas y emocionales: la nostalgia funciona como refugio, pero también como retroceso.

Las comunidades tradwife y similares crecieron en visibilidad en TikTok y otras plataformas; investigaciones recientes muestran que estos movimientos en redes no son solo tutoriales de decoración doméstica, sino portavoces de mensajes antifeministas, que idealizan la dependencia económica y domesticidad femenina. Estudios y reportajes han documentado cómo el contenido tradwife puede dirigir al usuario a ecosistemas ideológicos conservadores más amplios. Taylor & Francis 

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Hay varias razones por las que este regreso conservador seduce a sectores de la juventud. Primero: incertidumbre económica y emocional. En contextos de precariedad laboral, inflación y desorientación profesional, la idea de un “hogar ordenado” y roles claros vende seguridad emocional. Es más sencillo postear recetas, looks y rutinas domésticas que luchar contra la precariedad del mercado laboral; el formato promete un mapa de sentido cuando el mapa real está roto. Investigaciones sobre el consumo digital y la salud mental juvenil detallan la búsqueda de pertenencia en comunidades online cuando faltan redes sociales físicas. Centro de Información y Aprendizaje

Segundo: algoritmos que amplifican identidades. Plataformas como TikTok premian estética y repetición; el contenido trad estéticamente pulido, con guiones emocionales, es viralizable y fácil de monetizar. Eso explica por qué una idea conservadora puede convertirse en tendencia global en cuestión de semanas. Un estudio académico reciente incluso vincula la exposición a contenido tradwife con la aparición de mensajes ideológicos más duros en la “For You Page”. The Guardian

Tercero: la dimensión cultural local. En Colombia la nostalgia tiene un matiz distinto: la llamada narco-estética ya instaló, durante décadas, códigos visuales de ostentación ligados a poder y violencia (joyas, autos, mansiones). Esa memoria estética facilita que discursos conservadores y estéticas de orden/domesticidad se mezclen con fantasías de estatus que no siempre reconocen su origen violento. Estudios sobre la narco-estética muestran cómo estas imágenes modelaron idearios de feminidad y éxito en contextos colombianos. Journal Publishing Service

Foto: Getty Graphical Artist

¿Romanticismo o apropiación de privilegios?

Pocos señalan la paradoja central: muchas de las influencers que predican volver “al hogar, al orden y a la tradición” lo hacen desde posiciones de relativa libertad (acceso a redes, movilidad económica, educación). Promueven la idea de renunciar a derechos que, en realidad, les permiten existir como voces públicas. Es decir: disfrutan de los resultados del feminismo (visibilidad, independencia económica, acceso a audiencia) para vender una narrativa que minimiza esas conquistas. Eso no es coherencia; es aprovechamiento simbólico.

En Colombia, esta paradoja se vuelve más dañina: cuando se estetiza la sumisión femenina mientras la desigualdad estructural y la violencia de género siguen prevalentes, se trivializa la lucha por derechos básicos. La estética del “hogar pulcro” puede funcionar como soft power ideológico: arma simbólica que resitúa la ambición femenina en el ámbito privado y naturaliza la dependencia económica. No es mera moda; es re-normalización de roles que costaron sangre desterrar.

Que una generación busque consuelo en el pasado no es sorprendente; lo que debe preocuparnos es que ese consuelo venga empaquetado como solución universal y se distribuya masivamente por plataformas que monetizan la repetición. La recuperación estética de “orden” y “tradición” no es neutral: es una oferta política que reconfigura expectativas sobre género, trabajo y poder.

La respuesta no es censurar, sino educar: alfabetización mediática para jóvenes, debate público que saque a la luz las contradicciones y responsabilidad de influencers y marcas. Si la nostalgia puede ser refugio, también puede ser trampa; y en Colombia, con su historia de violencias y desigualdades, no podemos permitir que el espejismo conservador pinte de rosa un retroceso real.

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