En el universo digital, pocas voces han captado tanta atención en el último año como Erika Kirk, una mujer que mezcla religión, moda y “valores tradicionales” bajo el empaque de lifestyle aspiracional. Su narrativa seduce con palabras como “clase”, “elegancia” y “familia”, pero detrás de esa retórica suave se esconde algo más peligroso: la resurrección de un ideal de mujer que, aunque reciclado en estética de Pinterest, sigue sosteniendo la sumisión como norma.
El problema no es solo lo que Kirk dice, sino cómo lo dice: con filtros cálidos, escenarios idílicos y un tono maternal que legitima un rol de género rígido como si fuera elección libre. La contradicción es evidente: ella misma ejerce una independencia profesional que sería imposible sin décadas de luchas feministas, y sin embargo, propone volver a un modelo donde esas conquistas serían impensables.
En otras palabras, la “esposa clásica 2.0” es el mismo corsé de siempre, pero con encaje de Instagram.
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De la elegancia al espejismo: cuando el retroceso se viste de aspiración
Lo novedoso de discursos como el de Kirk no es su contenido, ese mismo que habla del mandato de ser esposa devota, madre abnegada y guardiana del hogar, este existe desde la Colonia, sino la forma en que se presentan: como elección sofisticada, estética cuidada y hasta resistencia cultural frente al “caos moderno”.
Aquí radica el verdadero peligro: vender la sumisión como lujo. Según investigaciones de la socióloga Eva Illouz, el capitalismo cultural ha sabido transformar el patriarcado en estilo de vida: desde la estética tradwife en TikTok hasta el auge de hashtags como #WifeLife. Entonces, lo que parece lifestyle aspiracional es, en realidad, un dispositivo de control simbólico.
En Colombia, este eco resuena fuerte. No es coincidencia que, mientras influencers globales hablan de “volver a la tradición”, en el país resurjan debates políticos sobre el rol de la mujer en la familia, la “ideología de género” en la educación o la satanización de la autonomía sexual femenina. El discurso de Kirk encuentra terreno fértil en sociedades donde el conservadurismo se viste de nostalgia.

Colombia: un laboratorio perfecto para la esposa clásica 2.0
La trampa de la “esposa clásica” tiene resonancias particulares en nuestra realidad. Durante décadas, la mujer colombiana fue moldeada bajo un modelo de sumisión legitimado por el catolicismo y reforzado por estructuras patriarcales: la esposa que acompaña al político en campaña, la madre silenciosa que sostiene al narco o la mujer de élite cuya función principal era ser reflejo del éxito del marido.
Hoy, ese modelo no desapareció: simplemente mutó. La “tradwife digital” en Instagram recuerda a la “niña bien” bogotana que, entre brunches y rosarios, validaba el mismo ideal de feminidad controlada. Lo irónico es que, en paralelo, las mujeres en Colombia lideran el 41% de los hogares (DANE, 2024), sostienen la economía informal y han logrado avances significativos en educación y política. La contradicción es brutal: mientras la vida real exige independencia, el discurso digital vende dependencia con envoltorio de “glamour”.
Lo menos discutido es cómo esta narrativa erosiona las conquistas feministas desde dentro. No lo hace con censura ni violencia explícita, sino con estética, algoritmos y seducción. En un país donde aún persisten femicidios, brechas salariales y violencia política contra las mujeres, romantizar la figura de la “esposa clásica” no es inocuo: es retroalimentar el sistema que normaliza esas desigualdades.
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Erika Kirk no inventó la “esposa clásica 2.0”, pero sí le puso un filtro aspiracional que la hace parecer novedosa. Su mensaje no es empoderamiento, sino maquillaje conservador. Lo preocupante es que no solo interpela a audiencias en EE. UU.: en Colombia, donde los discursos de “familia tradicional” han sido bandera política, esta estética funciona como dispositivo de normalización.
La pregunta, entonces, no es si seguirla o no, sino si estamos dispuestos a permitir que nuestras hijas crean que la independencia es un error y que su mayor triunfo será volver a ser “la esposa de alguien”.
El verdadero lujo hoy no es replicar el pasado, sino imaginar un futuro donde las mujeres no tengan que elegir entre ser libres o ser decorativas.