Del Estilo al Algoritmo: Cómo las Redes Sociales Redefinieron la Moda y la Autenticidad

Desde mediados del siglo XX, el estilo ha sido algo más que indumentaria: se volvió una herramienta simbólica, política y cultural. En los años 50, Christian Dior introdujo el New Look (1947), una silueta femenina ultramaterializada que marcaba cintura y falda amplia, celebrando la prosperidad tras la guerra y redefiniendo el cuerpo femenino en clave de opulencia y exclusividad. En reacción, Cristóbal Balenciaga desarrolló el vestido saco, liberando al cuerpo de estructuras rígidas y anticipando una visión más fluida y moderna del diseño.

Los años 60 se convirtieron en un punto de inflexión: la juventud tomó la palabra estética. Mary Quant popularizó la minifalda como símbolo de libertad corporal y ruptura con el canon tradicional; Courrèges introdujo materiales metálicos y linealidad futurista que celebraban una nueva era tecnológica y andrógina. La moda dejó de responder a modistas milaneses y empezó a reflejar ideologías colectivas, movimientos juveniles y discursos políticos.

En los 70, esa fragmentación estética se profundizó: conviven el glam disco (con lentejuelas, plataformas y sensualidad sobreexpuesta) y el boho hippie (maxivestidos, estampados étnicos, túnicas relajadas). Este contraste encarna una apertura cultural y un choque entre el hedonismo urbano y la espiritualidad ancestral.

La década de los 80 representa el exceso como estrategia identitaria: power dressing corporativo, hombros estructurados, colores neón y logos visibles proyectan poder y competencia. Simultáneamente, subculturas como el punk y el hip‑hop adoptan la estética rota y urbana como protesta visual frente a la opulencia dominante.

Los años 90 son la era del desencanto generacional: coexisten el grunge (camisas a cuadros, jeans rotos, doc martens) y el minimalismo cálido (líneas limpias, neutros, silencios visuales). La moda deja de glorificar el exceso para narrar una decepción cultural, convirtiéndose en documento emocional de una década desencantada.

Ya en los 2000, el fast fashion acelera la producción y el consumo: low-rise jeans, joggers de velour, logomanía y estilos mixtos conviven constantemente. Las subculturas se diluyen y el mercado dicta la caducidad estética en ciclos muy cortos.

Fotos: Varias Marcas vía redes sociales

Hacia 2010, el diseñador pierde su lugar como árbitro único: las pasarelas están en conversación con nuevas voces descentralizadas. La autoridad estética se distribuye entre múltiples plataformas, culturas y narrativas individuales.

Influencers, algoritmos y ansiedad estética: hacia un estilo presidido por pantallas

A partir de 2011, el estilo deja progresivamente de definirse en revistas o pasarelas: se construye en pantallas. Tumblr, Pinterest e Instagram crearon una nueva economía visual. Hashtags como #OOTD (Outfit of the Day) democratizaron la presentación del estilo, pero también desataron una crisis de autenticidad: la gente no solo mira moda, la produce y la viraliza.

El influencer común se convierte en molde de estilo. Plataformas como Depop o Poshmark reconfiguran el consumo vintage, pero amplifican el mercado del personal branding, en el cual cada prenda cuenta una narrativa calculada, no espontánea. Los dupes, imitaciones de piezas de lujo, exponen tensiones entre accesibilidad estética y banalización cultural: ¿compartir un diseño empodera o lo despoja de significado?.

El marketing digital transforma al consumidor en creador: ahora las marcas escuchan al algoritmo, moldean cápsulas según tendencias emergentes, y actúan en función de lo que TikTok decide impulsarte. La moda ya no se dicta en París: se promulga en TikTok.

Incluso las poses fotográficas cambian. Una tendencia editorial reciente son las awkward poses (poses incómodas), expresiones deliberadamente torpes que buscan vulnerabilidad y humanidad frente al exceso pulido. Daniel Craig, Winona Ryder o Cillian Murphy han protagonizado campañas en esta estética, cuestionando la perfección editorial y proponiendo una nueva forma de autenticidad visual.

Pero detrás de esta teatralización estética late una pregunta incómoda: ¿vestimos lo que realmente queremos o lo que nos fueron sugerido? La llamada “ansiedad algorítmica” describe el desasosiego ante un feed que anticipa gustos que en algunos casos son versiones peores de las cosas que les gustaban. Muchas personas dudan de su propio juicio visual: ¿esa silueta me representa o me la vendieron por mi historial de clics?

Asimismo, como alerta un artículo reciente, las redes fomentan una “averaging visual“: repetición estética que desgasta la creatividad individual y reduce la capacidad crítica del ojo. Según expertas como Mary Portas y Joanne Mooney, cultivar la inteligencia estética exige desconectarse del scroll y experimentar con diversidad real, no algoritmos de preferencia repetitiva.

Estilo, absurdo y autenticidad: ¿qué viste cada capa?

Estilo sucede cuando hay narrativa y coherencia. No se trata de imitar un hashtag, sino de vestir una idea. Es vestirse desde la memoria, la pertenencia o la crítica. El estilo comunica una posición frente al mundo.

Fotos: M.J.P.M

Absurdo ocurre cuando se adopta una estética solo por inercia digital, sin lógica. La prenda viral de moda rápida que dura una temporada y termina desechada representa una moda sin sustancia ni conciencia. Es moda folclórica, superficial.

La autenticidad no siempre luce glamorosa; puede ser imperfecta, extraña o inconformista. Nace cuando alguien elige una prenda por su historia, su origen, incluso un valor político o simbólico. No busca aprobación externa, pero comunica algo mucho más fuerte: quién eres realmente.

Hoy, la autenticidad más escasa se halla en capas visuales superficiales. En tiempos de sobreexposición, lo auténtico se distingue por su coherencia, su silencio, su respiro frente al ruido.

Tema emergente poco explorado: la ansiedad algorítmica como crisis estética

La ansiedad algorítmica, un fenómeno descrito por The New Yorker, no es solo tecnológica sino estilística. Personas como Valerie Peter han reconocido el malestar de no saber si sus gustos son propios o predeterminados por feeds personalizados. Esa incertidumbre estética afecta la toma de decisiones y el sentido de identidad visual.

Este fenómeno va más allá de la recomendación: contamina nuestras elecciones, limita nuestra diversidad visual, favorece la homogeneidad. Cada vez menos elegimos; cada vez más respondemos a datos. Para contrarrestarlo, hay quienes proponen crear espacios conscientes y desacoplados: newsletters como Perfectly Imperfect, donde no hay algoritmo sino selección humana personal. Compartir gustos íntimos se convierte en un acto de resistencia estética y cultural frente al vacío de las recomendaciones automáticas.

Patricia de Vries, investigadora de la Gerrit Rietveld Academie y especialista en el tema de la ansiedad algorítmica, señaló en una entrevista para The New Yorker que “del mismo modo que el miedo a las alturas no se refiere únicamente a las alturas, la ansiedad algorítmica no se trata solo de algoritmos”. Según su análisis, los algoritmos no tendrían tanto poder sin la masiva cantidad de datos que generamos voluntariamente en plataformas que comercializan con nuestras identidades y preferencias.

Cuando vemos cómo un anuncio de sostenes o colchones nos persigue por toda la web, el problema no radica únicamente en un sistema de recomendaciones, sino en un modelo económico digital sustentado en la publicidad y en el que miles de millones de usuarios participamos cada día. Al referirnos simplemente a “el algoritmo”, corremos el riesgo de reducir una problemática mucho más amplia: la vigilancia constante, la concentración de poder en unas pocas plataformas, y la captura sistemática de nuestro tiempo libre por parte de una industria tecnológica que opera con una lógica profundamente extractiva.

Hoy, vestirse sin propósito es sumergirse en ruido. El estilo verdadero no es viral; es narrativo. Surge de preguntas profundas: ¿quién soy? ¿qué quiero decir con esto? En una era donde lo superficial se confunde con lo auténtico, definir tu estilo personal es declarar una forma de pensamiento estético y crítico.

Apaga el algoritmo. Mírate al espejo preguntándote por qué llevas lo que llevas. Porque el estilo que atraviesa décadas y pantallas siempre empieza desde adentro y desde una conciencia visual cultivada. Y en este momento, esa práctica es la moda más radical que puedes usar.


Fuentes:

  • Historia de la moda por décadas (50–90): antecedentes en Glam Observer, Medium y WhoWhatWear Glam Observer.
  • Tendencia de poses incómodas: The Guardian (2024)
  • Ansiedad algorítmica y pérdida del gusto personal: The New Yorker (ensayo The Age of Algorithmic Anxiety)
  • Consumo vintage y cultura del archivo: Vogue 2025, ensayo de Anne Hollander.
  • Estudios sobre redes e industria: arXiv en análisis de estilo e influencia digital