La moda “étnica” ya no es solo un problema de sensibilidad cultural: es un negocio económico estructurado que, en muchos casos, captura rentas gigantes mientras invisibiliza y empobrece a las comunidades que crearon los motivos, los bordados y las técnicas. Cuando hablamos de apropiación comercial hablamos de una matemática brutal: mercados globales que facturan miles de millones toman diseños ancestrales, los reproducen a alta velocidad y los venden con márgenes exorbitantes sin devolver reconocimiento ni ingresos justos a las comunidades portadoras del patrimonio.
Los casos que siguen —Shein, Zara/Anthropologie, H&M y Louis Vuitton— no son anécdotas. Son ejemplos repetidos de prácticas que repiten un patrón: copia sin permiso, venta sin atribución y ganancia sin compensación. A continuación detallo cada caso con la documentación pública disponible y cruzo esos ejemplos con evidencia sobre cómo se comporta este fenómeno en Colombia y qué medidas (limitadas) ha tomado el sector para evitarlo.
Casos emblemáticos: documentación y cuantificación del daño
Shein — velocidad y escala
Shein, el gigante chino del ultra-fast-fashion, alcanzó cifras de ventas que lo ubicaron en la lista de gigantes del retail: proyecciones internas recientes sitúan ingresos anuales que en años recientes rondaron decenas de miles de millones de dólares (informes estiman entre 22.7 y 38 billones según distintas fuentes y periodos). Al mismo tiempo, la marca ha sido objeto de múltiples demandas y denuncias por copiar obras de artistas y diseñadores independientes, e incluso por supuesta utilización de técnicas de scraping y reproducción automatizada de imágenes para acelerar la copia de diseños. Es el caso paradigmático de cómo la velocidad industrial permite reproducir motivos artesanales en cuestión de horas o días y producirlos a escala.
Zara y Anthropologie — huipiles y bordados mexicanos
En 2021 el gobierno de México y autoridades culturales enviaron cartas públicas a Zara, Anthropologie y otras marcas pidiendo explicaciones por la reproducción de motivos indígenas (huipiles, bordados Otomí) sin permiso ni reconocimiento. Reuters y The Guardian documentaron cómo piezas inspiradas en bordados tradicionales alcanzaron ventas millonarias en cadenas internacionales mientras las comunidades de origen no recibían ni crédito ni compensación. En algunos reportes de prensa se documentaron márgenes enormes: un huipil que en contextos locales tiene un valor cercano a USD 10–20 puede transformarse en un producto vendido por centenas de dólares en mercados globales.
Anthropologie — la línea Otomí
La controversia en torno a las colecciones Otomí vendidas por distribuidores internacionales (incluida Anthropologie) llegó a los titulares por la disparidad entre ingresos de las empresas y la ausencia de beneficios para las comunidades mixtecas/otomíes cuyos motivos fueron utilizados. Informes periodísticos estimaron ventas importantes derivadas de esas colecciones y, simultáneamente, la falta de acuerdos de compensación estructurados.

H&M — “African Collection” y repercusiones
H&M lanzó colecciones inspiradas en estampados africanos que, según análisis del mercado, generaron ventas millonarias. Al mismo tiempo, la compañía enfrentó críticas por vacíos en la reinversión o en acuerdos con las comunidades de origen. H&M publica informes de sostenibilidad y tiene fundaciones e iniciativas que destinan recursos a proyectos (por ejemplo, donaciones y programas del H&M Foundation), pero las críticas señalan que el marketing de diversidad no se traduce necesariamente en reparto directo de beneficios a las comunidades que son la fuente de inspiración.
Louis Vuitton — kente y simbología africana en el lujo
Louis Vuitton y otros houses de lujo han usado motivos y textiles africanos (como el kente) dentro de colecciones de alto precio (bolsos y accesorios que pueden costar miles de dólares). La discusión en medios africanos y especializados señalan la ausencia de acuerdos de reconocimiento o reparto de utilidades con comunidades originarias de esas expresiones textiles; la tensión se agrava cuando ciertos tejidos tienen valor ceremonial o normativo en sus culturas de origen, lo que eleva las implicaciones éticas de su uso como “patrón” de moda.
Cuantificación del daño: desigualdad aritmética
Comparar cifras ayuda a comprender la asimetría: mientras algunos gigantes del retail facturan cifras que van de decenas a decenas de miles de millones (Shein: estimaciones públicas y proyecciones internas en un rango muy alto; otras firmas globales reportan ingresos astronómicos), los ingresos de quienes producen tradicionalmente los motivos pueden ser mínimos —estudios sobre artesanos en regiones en desarrollo muestran ingresos promedio a veces inferiores a USD 3–4 diarios en ciertas áreas, y en contextos extremos aún menos—. Esto revela la distancia entre el valor agregado capturado por los canales globales y el salario real de los creadores.
Conviene señalar que las estimaciones del tamaño del mercado “étnico” varían según metodología: informes de mercado fijan cifras que van desde decenas de miles de millones hasta más de cien mil millones de dólares en el segmento “ethnic wear / ethnic fashion” según definiciones y alcance del estudio; lo que es innegable es la magnitud del mercado y la concentración de valor hacia los actores con mayor poder comercial.
¿Qué hace Colombia y qué tan efectivo es el esfuerzo?
Colombia tiene elementos relevantes para confrontar estas prácticas: reconoce y articula políticas públicas sobre patrimonio cultural inmaterial (la Oficina del Patrimonio del Ministerio de Cultura desarrolla políticas y programas de salvaguardia; el país es signatario de la Convención de la UNESCO sobre patrimonio inmaterial) y ha impulsado herramientas de propiedad intelectual adaptadas al sector artesanal: denominaciones de origen, marcas colectivas y programas de apoyo a la formalización de productores artesanales. Colombia es, según datos oficiales y WIPO, líder regional en registros de denominaciones artesanales y ha desarrollado programas para registrar y certificar artesanías con indicaciones geográficas. Estas herramientas pueden ayudar a proteger la autoría y abrir mercados con valor agregado.

En la práctica, tanto el Estado como el sector privado (ferias, programas de sostenibilidad, corporaciones) han empezado a impulsar medidas: Colombiamoda y Colombiatex incorporaron rutas de sostenibilidad, pabellones de comercio justo y espacios que promueven trazabilidad y alianzas directas con comunidades artesanales. También existen iniciativas de emprendimiento social y diseñadores que trabajan con cooperativas y pagan precios justos o desarrollan modelos de coproductividad con artesanas. Estos ejemplos muestran voluntad y modelo alternativo.
Sin embargo, ¿es suficiente? La respuesta honesta es: no todavía. Las medidas son fragmentarias, voluntarias y poco estandarizadas. Las denominaciones de origen y las marcas colectivas ayudan, pero no resuelven el problema frente a actores transnacionales con cadenas globales. Las ferias y los sellos de sostenibilidad visibilizan buenas prácticas, pero la mayoría de consumidores siguen operando por precio y disponibilidad. Además, las pymes y cooperativas locales enfrentan barreras de escala, logística y acceso a mercados internacionales que limitan su capacidad para competir en condiciones de igualdad. En síntesis: hay avances, pero son parciales y requieren fuerza normativa y financiera para escalar.
En resumen, la apropiación comercial ya no puede mirarse como un malentendido cultural; es un problema económico y político. Mientras grandes empresas sigan capitalizando el trabajo cultural colectivo sin devolver valor, la desigualdad continuará. Colombia sí ha levantado instrumentos legales y prácticas de mercado que funcionan como contrapeso, pero esos esfuerzos son todavía insuficientes frente a la escala y sofisticación del capital global. La tarea es convertir buenas intenciones en normas, convertir ferias en mercados responsables de compra, y hacer del etiquetado y la regalía cultural una regla, no una opción voluntaria.
La moda puede y debe ser puente entre patrimonio y prosperidad, no vía de extracción. Si queremos justicia cultural, hay que poner contratos donde hoy hay inspiración y exigir trazabilidad donde hoy hay opacidad. Porque sin esas piezas legales y económicas claras, la “inspiración” seguirá siendo el eufemismo que convierte 500 años de conocimiento tejido en ganancias para unos pocos.