La mob wife aesthetic no nació en TikTok: es hija de la pantalla grande y pequeña. Carmela Soprano, Adriana La Cerva y las mujeres de Goodfellas construyeron un imaginario visual concreto: pelos altos, manicuras perfectas, abrigos voluminosos y joyas llamativas; que hoy se replica en feeds y pasarelas. Ese legado ha sido analizado por medios que rastrean cómo series y películas mafiosas han moldeado la idea de “la esposa perfecta del jefe”: ostentación como código de estatus y, a menudo, como máscara de violencia doméstica y sometimiento. Vogue
En 2024/2025 el revival se aceleró: periodistas y críticos notaron el resurgimiento del “mob wife” en moda y cultura juvenil, situándolo como la réplica maximalista al minimalismo del quiet luxury. The Guardian y Harper’s Bazaar documentaron la preferencia por abrigos XL, animal prints, brillos y labios intensos, todos símbolos que comunican dinero, visibilidad y poder ostentoso, ahora reciclados por Gen Z como gesto estético. The Guardian
Mercado, redes y una crítica incómoda (pero necesaria)
En pasarelas como Milán FW y en las calles frente a shows, el faux fur y las pieles sintéticas reaparecieron con fuerza; diseñadores grandes y callejeros los reinterpretaron para el otoño-invierno, aprovechando la narrativa de máximo glamour sin el costo animal (aunque no sin debate ético). Vogue Business y FashionUnited documentaron el regreso del pelaje y las texturas exuberantes en colecciones y street style. Vogue Business
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Paralelamente, el mercado de segunda mano explotó: plataformas como Depop, Vestiaire Collective y los reportes de ThredUp muestran una ola de compras vintage y resale que alimenta esta estética: buscar un abrigo XXL de los 90 o un collar dorado “de archivo” es hoy práctica común y rentable. El resale ya es un mercado multimillonario que redefine cómo se consume lujo: vintage y ostentación conviven. ThredUp

Aquí viene la crítica que pocos se han hecho: la cadena que conecta ficción + moda + mercado de resale no es inocente; es una fábrica de símbolos que normaliza un imaginario de poder muchas veces construido sobre violencia y desigualdad. Cuando la estética mafiosa se convierte en tendencia y en mercancía, el guión cultural privilegia lo espectacular de la riqueza sin reparar en su origen. Si la moda legitima ese brilli-brilli sin reflexión, entonces estamos participando en una apología estética del estatus, no solo de la prenda. (La prensa ya advierte del “resplandor” sin examen crítico). Vogue
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¿Y en Colombia qué pasa?
En Colombia ese imaginario tiene ecos muy concretos. La narco-estética (joyas, carros, mansiones, ostentación) lleva décadas presente en la cultura visual nacional; los medios y la música han dialogado con ella (y a veces la han glamourizado) desde los años 90. Que ahora las jóvenes consuman y remezclen ese código vía TikTok y Depop es menos una novedad que una reapropiación de un patrimonio visual que ya estaba ahí. Medios y análisis culturales colombianos han documentado cómo la “estética del poder” vinculado a lo ilegal se vuelve aspiracional y reproduce desigualdades simbólicas. The Guardian
El peligro local es doble: 1) estetizar la riqueza violenta sin señalar sus víctimas normaliza el narco-glam; 2) la popularidad de prendas ostentosas puede blanquear historias de explotación, por ejemplo, ocultando condiciones laborales en la cadena de producción de “lujo asequible”. En un contexto donde la desigualdad y la memoria del conflicto son reales, ese brillo no es neutro; es político.
La genealogía desde Carmela Soprano hasta la influencer viral muestra una línea clara: la moda recicla narrativas. El hecho de que ahora podamos comprar un “mob-wife coat” de segunda mano en Depop nos dice algo sobre la democratización del look y, a la vez, sobre la banalización del discurso que lo sustenta. El reto para diseñadores, medios y consumidores es no limitarse a celebrar la estética: preguntarnos por su contexto, su historia y su costo humano.
Porque en el mismo paquete donde vienen las pieles sintéticas y el dorado XXL también viajan memorias de poder, desigualdad y violencia. Si queremos que la moda sea un instrumento crítico y no sólo un escaparate, empecemos por dejar de celebrar lo que brilla sin preguntar por qué brilla.