En los últimos años hemos visto algo curioso: después de temporadas dominadas por el quiet luxury, esa elegancia discreta, sin logos estridentes, con materiales excelentes y cortes sobrios, ha emergido una reacción opuesta. Un resurgimiento del maximalismo: Y2K revivals, estética mafiosa, ostentación visual y sonido de tacones fuertes sobre pisos de mármol. Como si el silencio del lujo minimalista ya no bastara para calmar la ansiedad de tiempos inciertos.
De minimalismo elegante a ostentación glamorosa
El quiet luxury ganó terreno entre 2022 y 2024 por varias razones: crisis económicas, pandemia y un hartazgo global hacia lo efímero y lo excesivo. Marcas como Loro Piana, The Row, Brunello Cucinelli y otras, recobraron popularidad al ofrecer prendas intemporales, colores neutros, confección impecable y un mensaje claro: menos es más. Indulgexpress
Pero, como sucede con todos los péndulos, este efecto tuvo su contracara. Emergió la estética que algunos llaman “revival mafioso” o “mob wife aesthetic”, que rescata pieles (aunque sintéticas), joyas doradas, logos ostentosos, maquillaje dramático, high gloss y abrigos XXL. Esta estética no es sólo moda: es espectáculo, narración visual del lujo extremo, del poder ostentoso.
El revival Y2K participa en esto: low-rise jeans, brillos, lentejuelas, accesorios llamativos, metálicos. Plataformas como Shein o tiendas de fast fashion han reportado que piezas con inspiración Y2K se cuentan entre sus más vendidas. Mystique Diaries
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¿Moda o síntoma de ansiedad colectiva?
Ahora, ¿qué significa esto para Colombia? En nuestro país, donde la desigualdad es alta y los símbolos de poder han estado asociados históricamente con narcos, caciques locales, políticos corruptos y fortuna fácil, el renacimiento del exceso estético no es inocente. Es doblemente peligroso si consideramos que muchas comunidades jóvenes han internalizado que llamar la atención con lo ostentoso puede ser una vía para ser vistos, valorados o incluso respetados.
Numerosos estudios y reportajes han documentado cómo la narcocultura en Colombia no solo exporta música, sino también códigos visuales: joyas, carros llamativos, mansiones, glamour de halcones y pistolas como props en videos musicales. Una estética que, aunque muchas veces condenada, ha sido normalizada en redes sociales. El País
Cuando los jóvenes ven influencers que promueven abrigos de piel, maquillaje escandaloso y joyería dorada bajo la estética de “corro con poder”, raro será que piensen en los costos sociales detrás del lujo. ¿Quién hizo ese abrigo sintético? ¿De dónde viene el dinero? Muchas veces, esos discursos invisibilizan la explotación laboral, la desigualdad de género y la violencia estructural.
Ahora, en Colombia, existe un doble estándar. Se celebra el glamour ligado a lo ilícito (porque impresiona, atrae likes, vende imagen), pero al mismo tiempo se juzga y criminaliza a quienes sufren las consecuencias de esas redes: comunidades vulnerables, mujeres que viven cerca del conflicto, personas que no tienen los mismos recursos para vestir esa estética o para protegerse del escrutinio. Es una cultura de admirar desde lejos lo que se niega a quienes menos tienen.
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El regreso del exceso en moda no debe ser visto simplemente como una tendencia pasajera. Es una señal de que muchas personas están buscando consuelo en símbolos de poder visible cuando lo invisible: la precariedad, la inseguridad económica o las brechas sociales se sienten demasiado reales. Cuando celebramos el exceso, celebramos también esas brechas, aunque sea inconscientemente.
Moda, creatividad y estética deben cargar con responsabilidad. Los creadores, las marcas, los influencers tienen el poder de elegir qué narrativa visual legitiman. Desde Colombia, urge que ese poder se ejerza con consciencia: no sólo de qué se ve, sino de qué se normaliza.
Porque al final, lo que se viste dice quiénes somos. Y si elegimos el glamour extremo sólo como refugio, podemos terminar replicando los mismos esquemas de poder que tanto se criticaron.
Excelente trabajo