Hay un fantasma que recorre las pasarelas: los 90. Y en Nueva York, durante la SS26, fue imposible ignorarlo. Plaid en todas sus versiones, pantalones baggy que recordaban al armario de Clueless o a los primeros videoclips de MTV, camisetas gráficas con aire de mercadillo vintage… todo parecía más un festival de reencuentro que una semana de la moda. La pasarela se convirtió en un karaoke visual donde todos tarareaban la misma canción, y nosotros, como público, jugábamos al “¿dónde lo vi antes?”.
No es la primera vez que pasa. La moda vive de ciclos, de volver a visitar décadas anteriores y reescribirlas. Pero la pregunta es: ¿esta vez fue reescritura o simplemente calcar un moodboard de Pinterest?
No me malinterpreten: la nostalgia vende. Reconforta. Tiene esa habilidad única de convertir el baúl de los recuerdos en objeto de deseo. El marketing sabe bien que cuando todo alrededor es incierto —desde la política hasta la economía—, la gente busca refugio en símbolos reconocibles. Y ahí entran los noventa como un abrazo visual: los looks que muchos recuerdan de su adolescencia o infancia, ahora transformados en objetos aspiracionales.
Lea también: La moda colombiana y la deuda con sus jóvenes creativos
Vestirse con estética retro no es solo un gesto de estilo: es un placebo emocional. Si me pongo el uniforme de mi adolescencia, siento que todavía tengo cierto control. Que lo conocido me protege. Que todo, aunque sea por un momento, sigue igual.

El problema: la nostalgia como muleta
Pero ojo, porque lo que funciona como condimento puede volverse indigesto si se convierte en plato principal. Y ahí está el riesgo. Cuando el diseñador deja de ser un creador de presente para convertirse en un simple curador de archivo, la moda pierde su filo, su capacidad de decir algo nuevo.
Un revival puede ser brillante si toma un símbolo y lo resignifica. Pongo un ejemplo: lo que hizo Khaite con el quiet luxury. Minimalismo, cortes limpios, pero con un pulido contemporáneo que no lo dejaba en simple copia de Calvin Klein 1995. Eso es reinterpretación. En contraste, varias marcas en NYFW se quedaron en el “copy-paste”: cuadros por cuadros, baggy por baggy, sin aportar un giro narrativo.
La diferencia es sutil, pero crucial: una cosa es citar, otra es plagiar tu propia historia.
Si seguimos repitiendo fórmulas, la moda corre el riesgo de convertirse en un loop de Ctrl+Z infinito. Y lo cierto es que eso ya lo vemos: colecciones que parecen moodboards andantes, estilismos que podrían haber salido de cualquier thrift store de Brooklyn sin pasar por un proceso de diseño real.
Además: Resistir sin conglomerados: moda que innova
¿Y qué pasa cuando la moda deja de hablar del presente para convertirse en museo? Pues que pierde su poder como lenguaje cultural. Porque la moda no es (solo) ropa: es un discurso, una crónica visual del ahora. Y si el ahora se reduce a hacer cosplay de los 90, entonces el discurso está vacío.
El presente exige más
La moda debería ser el idioma de lo inmediato, la narración de nuestro tiempo con guiños al futuro. Y el presente, conviene recordarlo, no pide solo recuerdos: pide riesgo. Pide voces nuevas. Pide valentía creativa.
Hoy estamos frente a desafíos enormes: sostenibilidad, diversidad real, identidades múltiples, inteligencia artificial, hiperdigitalización. ¿De verdad la respuesta de la moda a todo eso es simplemente revivir lo que usaba Kurt Cobain?
La nostalgia puede ser un recurso potente, sí. Puede funcionar como puente, como diálogo con lo que fuimos. Pero cuando se convierte en única estrategia, habla más de miedo que de creatividad. Miedo a arriesgarse, miedo a no vender, miedo a perder relevancia.
Pese a lo anterior, no todo fue copy-paste en NYFW. Coach, por ejemplo, logró darle un giro interesante al workwear: un aire áspero, de lujo contemporáneo, que se siente honesto con su ADN, pero también dialoga con el presente. Esa es la clave: fidelidad al archivo + mirada hacia adelante.

También hubo destellos en el street style. Ahí, más que en la pasarela oficial, se vieron las mezclas vibrantes, los choques de color y autenticidad que realmente construyen moda en 2026. Es paradójico, pero la calle fue más arriesgada que la pasarela.
Y si hablamos de riesgo, hay que mirar a los diseñadores que traen identidad cultural a escena. Lo que vimos de creadores indígenas y latinoamericanos en NYFW no fue disfraz ni “folklore cool”: fue memoria hecha prenda. Esa es la diferencia entre disfrazar la nostalgia y honrarla.
Nostalgia sí, pero no así
No se trata de demonizar el pasado. Todo creador dialoga con lo que fue. Pero la clave está en la proporción. La nostalgia debería ser como la sal: necesaria en pequeñas dosis, desastrosa si es lo único que hay en el plato.
La moda necesita recuperar su rol como narradora del presente. No podemos conformarnos con que cada temporada sea un remake mal producido de lo que ya vimos. La pregunta es: ¿seguiremos aplaudiendo karaoke visual o exigiremos discursos más arriesgados?
La nostalgia es un espejo cómodo, pero la comodidad nunca hizo historia. La moda que recordamos, la que marca un antes y un después, no es la que repitió un molde, sino la que se atrevió a romperlo.
NYFW SS26 nos dejó una lección clara: entre los hits y los misses, lo que realmente pesa no es qué tan bonitos son los cuadros o qué tan amplios los pantalones. Lo que importa es si detrás hay un mensaje nuevo, una apuesta distinta, un relato que se atreva a narrar nuestro ahora.
Porque la moda puede citar el pasado, pero nunca debe quedarse atrapada en él.