Resistir sin conglomerados: moda que innova

En un panorama global dominado por conglomerados como LVMH, Kering o Inditex, pareciera que la única opción para sobrevivir es ceder a sus dinámicas de producción masiva y marketing global. Sin embargo, en Colombia y en otros países emergentes está surgiendo una generación de diseñadores que no conciben la resistencia como un acto marginal, sino como una estrategia viable para construir otro modelo de moda.

Lo poco explorado en este debate es entender la resistencia no solo como una postura ética, sino como un motor de innovación cultural y económica que desafía el monopolio de los gigantes del lujo y el fast fashion.

En Colombia, diseñadores emergentes como Juan Pablo Socarrás han demostrado que la autogestión es posible cuando se articula con comunidades locales. Socarrás trabaja con mujeres artesanas, desplazadas y víctimas del conflicto armado, construyendo colecciones que son a la vez narrativas de memoria y proyectos de desarrollo económico.

Este modelo evita depender de conglomerados al establecer redes productivas locales y demuestra que la moda puede ser un puente entre la creatividad y la transformación social.

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A nivel internacional, la marca Bode, dirigida por Emily Adams Bode en Nueva York, es un ejemplo de cómo la autogestión puede ser reconocida en el mercado global. Confecciona piezas únicas a partir de textiles antiguos, en una lógica de slow fashion, y ha recibido premios como el Menswear Designer of the Year del CFDA.

En Medellín, cuna de la industria textil colombiana, jóvenes marcas están apostando por circuitos de producción cortos, aprovechando la tradición de confección y al mismo tiempo respondiendo a la creciente demanda de trazabilidad.

Según Business of Fashion, el 66% de los consumidores globales millennials y Gen Z valora saber dónde y cómo se fabrican sus prendas (BoF, 2023). Este dato conecta con el interés de diseñadores colombianos que buscan diferenciarse con producción artesanal y transparente, en lugar de competir con conglomerados en precio o volumen.

Dior Men – Primavera-Verano 2026 – Menswear – Francia – París – ©Launchmetrics/spotlight

Economía colaborativa: moda como red, no como competencia

Un aspecto poco explorado en Colombia es la economía colaborativa aplicada a la moda. Iniciativas como colectivos de diseñadores en Bogotá —por ejemplo, Pola & Pola Studio o Religare— demuestran que compartir talleres, plataformas digitales y canales de distribución no sólo abarata costos, sino que crea un ecosistema más resistente frente al monopolio de grandes grupos.

En Europa, ejemplos como Fashion Revolution han logrado movilizar comunidades enteras bajo la lógica de la colaboración y la transparencia, generando un contrapeso cultural al fast fashion.

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El slow fashion en Colombia ha dejado de ser un discurso aspiracional para convertirse en un modelo de negocio. Diseñadores como Amelia Toro o Silvia Tcherassi (aunque ya consolidadas) han mostrado que la moda hecha con tiempo, calidad y cuidado artesanal puede tener cabida en mercados internacionales sin pasar por la lógica depredadora de la producción masiva.

La diferencia con la nueva generación es que ahora esta filosofía se cruza con causas sociales y ambientales: jóvenes diseñadores están incorporando fibras recicladas, tejidos indígenas y prácticas de comercio justo como sellos de autenticidad.

Lo que realmente significa resistir

Resistir no es quedarse al margen, ni producir en pequeña escala como único destino. Lo que estos modelos alternativos plantean es una reconfiguración del poder en la moda: demostrar que no todo el prestigio, ni toda la innovación, viene de los conglomerados.

En Colombia, la resistencia adquiere un matiz cultural importante: se trata de salvaguardar identidades locales, narrativas históricas y diversidad creativa. Al mismo tiempo, se inserta en debates globales sobre sostenibilidad y justicia social, mostrando que la independencia puede ser tan rentable como el alineamiento con las multinacionales, si se construyen redes sólidas y mercados conscientes.

Los conglomerados seguirán dominando el panorama global, pero su hegemonía ya no es absoluta. En Colombia, la resistencia está dejando de ser un gesto romántico para convertirse en un modelo profesional que apuesta por lo local, lo colaborativo y lo lento como nuevas formas de éxito.

Lo que antes se veía como marginal hoy puede ser la clave para redefinir la moda colombiana en el escenario internacional: no desde la dependencia, sino desde la creatividad autónoma que resiste, innova y transforma.

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