En los años 80 y 90, figuras como Madonna y Prince no solo marcaron estilos de moda; los convirtieron en una forma de resistencia. Madonna, por ejemplo, no fue simplemente una cantante, sino una agente de transformación cultural. Revolucionó la sexualidad pública, desafiando normas sobre género, religión y feminidad. Como describió The Times, ella inició una revolución femenina en la música, utilizando su imagen como herramienta política y social. Su “poder de reinventarse” la convirtió en objeto de múltiples estudios académicos como fenómeno cultural. De forma similar, su vestuario—desde el icónico vestido de novia en los VMAs de 1984 hasta los power suits—era una declaración que incomodaba, que provocaba, que cuestionaba. No era estilo, era discurso visual.
Del shock con causa al contrato sin causa
Hoy, la idea de “fashion icon” revivió, pero con todos sus músculos atrofiados. La mayoría de los íconos actuales están tan encadenados a contratos de marca que su capacidad para incomodar (y, en consecuencia, para provocar pensamiento) ha desaparecido. La modernidad del injerto estético ha reemplazado el discurso simbólico por el espectáculo manufacturado.
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En la actualidad, un embajador de marca —como Zendaya, Bad Bunny o Emma Chamberlain— representa, sobre todo, un activo comercial. Business of Fashion (2024) advierte que el marketing de embajadores modernos ha cambiado: ya no basta con dar imagen; el influencer debe aportar narrativa y autenticidad. Lo que importa es el “Brand Magic”: la conexión emocional verdadera, más allá de los likes. Pero eso se logra rara vez. En muchas relaciones, lo que prima es lo comercial por encima de lo simbólico.

Esto nos coloca en un terreno peligroso donde la moda es un espectáculo vacío. Ya no sirve para incomodar, sino para impresionar. En vez de provocar discusión, exponer contradicciones o desafiar lo establecido, el estilo actual maquilla la estrategia de ventas. El espíritu provocador de Madonna —que rompía tabúes con su imagen, como el uso del crucifijo como subversión religiosa— ha sido sustituido por una uniformidad sin margen de crítica.
Debería doler un poco: identidad frente a exposición vacía
La diferencia clave está en usar la ropa como fuerza simbólica, no como peana comercial. Madonna convirtió cada prenda en discurso visual; el “vestuario-performance” del power suit reivindicaba fuerza femenina, el uso de símbolos religiosos cuestionaba el vínculo entre sexo y moral. Esa capacidad de incomodar es lo que fundamenta un verdadero icono. Hoy, sin embargo, los fashion icons son mayoritariamente personajes decorativos cuya visibilidad depende de algoritmos, no de significado.
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Esto no implica ignorar que existen musas auténticas en la actualidad. Vogue Business resalta la diferencia entre embajador (contratado) y musa (una relación más genuina, creativa y prolongada con el diseñador, como ocurre entre Harry Styles y Alessandro Michele). Pero estas figuras son la excepción, no la regla. La mayoría hace parte de un sistema que elige la imposición sobre la identidad.
El verdadero reto para quien tiene estilo es no dejar que te definan. No ser la cara brillante que vende viralidad, sino quien molesta porque lleva un discurso. Que tu ropa no solo se vea bien, sino que emane intención. Porque al final, la moda tiene el poder de incomodar, de hablar, de resistir. Es ese filo el que la define como cultura, no como ornamento.