Silvia Tcherassi nació en Barranquilla y, tras formarse en diseño de interiores, fundó en 1990 la casa que lleva su nombre. Su visión rompió paradigmas: creó una estética vibrante, femenina y auténticamente caribeña que logró posicionarse con éxito en Milán y París. Fue la primera diseñadora latinoamericana en desfilar en los calendarios oficiales de estas ciudades, y en 2004 recibió la Orden de las Artes y las Letras de Francia, reconocimiento reservado a quienes contribuyen culturalmente a nivel global.
En su colección “Resort 2018”, lanzada en Net‑a‑Porter, Silvia presentó su estilo de “casual luxury”: estampados hechos a mano, telas de lujo y colaboraciones con artesanos de la tribu Mocaná en La Guajira, todo manufacturado en Barranquilla, aunado a una producción que mantiene firme su identidad cultural colombiana
Silvia Tcherassi es ejemplo de una diseñadora que articula diseño, producción y cultura. Sus colecciones conjugan volúmenes atrevidos, estampados pintados a mano y una identidad caribeña que se afirma sin complejos. Como autora de Elegancia sin esfuerzo (2009), Tcherassi comparte su filosofía: vestir con sofisticación sin caer en extravagancias innecesarias.
Lea también: Vestirse como acto político: el cuerpo como territorio simbólico y estético
Su marca no se limita a ropa: extiende su lenguaje a la hospitalidad con Tcherassi Hotels, un hotel-boutique en Cartagena que refleja estética, materiales y diseño coherente con la moda que propone. Un puente entre moda y estilo de vida, con reconocimiento internacional.
Dónde ha fallado: tensiones entre lujo global y actualidades locales

El modelo de “lujo colombiano exportable” que ha perfeccionado Silvia Tcherassi ha sido, sin duda, una de las fórmulas más exitosas para posicionar una estética latinoamericana en los circuitos de moda global. No obstante, cuando ese mismo modelo se observa desde una perspectiva nacional, empiezan a aparecer grietas estructurales difíciles de ignorar. El problema no es el lujo en sí, sino su escasa conexión con la cadena de valor interna del país: tanto en términos de acceso como de impacto estructural en el sector textil colombiano.
La mayoría de las prendas de Tcherassi tienen precios que oscilan entre los USD $800 y USD $2.500 (alrededor de 3 a 10 millones de pesos colombianos), según datos de tiendas como Net-a-Porter, Harrods o su propia web. Para poner esto en contexto, el ingreso promedio mensual en Colombia ronda los $1.4 millones COP (DANE, 2025). Aún un colombiano de clase media alta no accedería fácilmente a estas prendas. Esto la convierte en una marca aspiracional que, aunque hecha en Colombia, está dirigida casi exclusivamente a un público internacional de alto poder adquisitivo o a una élite nacional muy reducida.
Además: El Índice del Tacón Alto: cuando los tacones suben y la economía baja
Desde la óptica del sistema moda local, esto crea una paradoja: se celebra el éxito de una marca hecha en Colombia, pero su existencia y sostenibilidad no dependen del consumo colombiano ni resuelve problemáticas estructurales de la industria. La moda de Tcherassi no circula, ni simbólica ni prácticamente, en los armarios del colombiano promedio, mucho menos en los de estratos populares. Esto difiere radicalmente de marcas como Bareke o Verdi, que además de trabajar con comunidades locales, apuestan por un diseño de lujo con inserción cultural y modelos productivos más circulares y colaborativos.
Adicionalmente, aunque es cierto que Tcherassi ha tenido colaboraciones puntuales con comunidades artesanas, como los bolsos de fique realizados con la comunidad Mocaná en el Atlántico, estas iniciativas han sido más simbólicas que estructurales. No hay evidencia pública de que estas alianzas se hayan transformado en relaciones de largo plazo, con transferencia de conocimientos, pago justo sostenido o inclusión de otras regiones con vocación artesanal como Nariño, Boyacá o Putumayo. En contraste, diseñadoras como Adriana Santacruz, Johanna Ortiz o incluso propuestas emergentes como las de Sarta Colectivo han desarrollado vínculos estables con comunidades artesanas que aportan no solo materia prima, sino saberes y participación activa en la cadena de valor.
Lo anterior, sumado al hecho de que la industria textil en Colombia enfrenta desafíos importantes: informalidad, contrabando, competencia con productos asiáticos a bajo costo, precariedad laboral y limitada inversión en innovación. Según estudios del Observatorio de Moda Inexmoda-Raddar (2024), el colombiano promedio destina menos del 4% de su ingreso anual a vestuario, y cuando lo hace, opta por productos accesibles, muchas veces de segunda mano o fast fashion. En este contexto, una marca de lujo como la de Tcherassi tiene poco margen de influencia real sobre el ecosistema productivo nacional, salvo por la generación de empleos altamente especializados en sus talleres o boutiques.

La contradicción entonces no es que su marca sea de lujo, sino que se presente como emblema nacional de una moda hecha en Colombia, cuando en realidad responde a lógicas de consumo y estéticas alineadas con el mercado internacional. Es moda hecha en Colombia, pero no pensada para los colombianos. Y ese matiz importa: porque mientras celebramos su éxito, debemos también preguntarnos cómo puede esa misma plataforma de prestigio convertirse en puente para un sistema moda más incluyente, sostenible y conectado con las realidades del país que la vio nacer.
El impacto “real”
Respecto a su presencia en medios o academia, Tcherassi ha sido entrevistada por Vogue y otros diarios de moda internacionales, pero su narrativa está centrada en estilo y narrativa de marca, no en análisis socioeconómicos o estudios académicos sobre moda producida localmente. No hay colaboración evidente con publicaciones especializadas en moda como Fashion Law Journal o investigación sobre sostenibilidad real en Colombia.
Comparada con diseñadoras como Adriana Santacruz —quien comparte diseño contemporáneo con técnicas artesanales indígenas y tiene impacto comunitario real— Tcherassi ocupa una posición más mediática que profundamente transformadora. Santacruz vincula directamente su producción con comunidades étnicas, mientras Tcherassi mantiene una fuerte estética, pero menor implicación desde la producción rural.
Silvia Tcherassi transformó la percepción global de la moda colombiana: su estética estuvo, está y estará marcada por una mezcla de color, volumen y elegancia consciente. Su marca personifica una visión exportable y digna del país. Pero ese lujo global, si bien valioso, no siempre refleja las preocupaciones cotidianas del consumidor colombiano ni apela a un modelo de producción socialmente inclusivo.Tcherassi define un tipo de moda colombiana: sofisticada, local, pero pensada para un escenario global. Pero el desafío futuro está en integrar su prestigio con una estructura de diseño que dialogue con el país en su diversidad cultural y su industria real. Solo entonces su legado brillará no solo por su estética, sino por su profundidad e impacto colectivo.
Excelente contenido.
Muy buena columna! sin embargo, creo que el título de biografía no va. Es más, diría yo, una columna de opinión.