Vivimos en una época donde el exceso ha reemplazado al discurso, y donde la excentricidad —más que la intención— se ha convertido en la medida del éxito visual. En este escenario nace lo que podríamos llamar el “fashion iconoclasm”, un fenómeno donde la ruptura sistemática de las reglas estéticas ya no es rebeldía… es norma.
Históricamente, el iconoclasmo se asocia con la destrucción de imágenes sagradas. En moda, funciona como una desobediencia deliberada a los códigos establecidos: romper siluetas, mezclar estilos incongruentes, desafiar el “buen gusto” y desdibujar los géneros. Fue subversivo cuando Vivienne Westwood lo usó para reconfigurar el punk. Hoy, sin embargo, muchas veces ya no incomoda, solo circula.
El problema surge cuando esta destrucción no construye nada nuevo. Cuando lo “extraño” no es mensaje, sino ruido como lo hacen cientos y cientos de influencers que no tienen la posibilidad de diferenciar entre lo rupturista y lo absurdo.
Además, en una economía de atención, la moda iconoclasta se ha vuelto un mecanismo de visibilidad rápida. Plataformas como TikTok o Instagram favorecen la reacción inmediata y lo único que detiene el scroll es una silueta imposible, una combinación absurda, una puesta en escena sin contexto. Romper esquemas en este punto se convirtió en rutina, no en revolución.
Como explica el investigador Frédéric Monneyron en La moda y sus mitologías, el sistema actual de la moda ya no busca permanencia simbólica, sino impacto inmediato. Lo transgresor se convierte en recurso comercial, no en crítica al sistema.

¿Transgresión real o show performático?
- Doja Cat en Schiaparelli (Haute Couture 2023): Más de 30.000 cristales rojos pegados a su piel. Imposible de ignorar, viral en segundos. Pero la pregunta es: ¿hubo discurso más allá del impacto visual?
- Balenciaga Fall 2022: Zapatos destruidos que se vendían por más de $1.000 USD. ¿Mensaje sobre el capitalismo decadente? ¿O burla a la pobreza disfrazada de comentario?
- Iris Law o Julia Fox en looks deconstruidos sin función: tiras, cortes extremos, prendas que apenas cubren. El cuerpo como superficie de shock.

El cerebro humano responde a lo inesperado. Un estudio de la American Psychological Association explica que lo que rompe el patrón activa el sistema dopaminérgico, generando atención y recuerdo. Lo raro, lo distinto, nos seduce.
La moda lo entendió hace tiempo. Pero lo que antes era excepción hoy es tendencia. Y cuando todos rompen las reglas al mismo tiempo, ¿qué queda por romper?
La moda como lenguaje necesita estructura. Si todo es ruptura, nada comunica. El exceso visual, sin narrativa, termina neutralizando el impacto. El riesgo del fashion iconoclasm contemporáneo es que se convierte en una especie de nihilismo estético: se destruye el símbolo, pero no se construye un mensaje.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿la transgresión en moda sigue incomodando o solo entretiene?
El fashion iconoclasm puede ser provocador, necesario y estimulante. Pero también puede ser una trampa. Cuando romper las reglas es solo una estrategia para likes o titulares, la moda pierde su poder simbólico.
La verdadera vanguardia no es la que escandaliza más, sino la que incomoda con sentido. Porque lo disruptivo sin discurso no transforma. Solo distrae.
Fuentes
- Monneyron, Frédéric. La moda y sus mitologías
- Lipovetsky, Gilles. El imperio de lo efímero
- American Psychological Association: estudio sobre disonancia cognitiva visual (APA PsycNet, 2021)
- Dana Thomas. Fashionopolis: The Price of Fast Fashion and the Future of Clothes
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