Así es es recorrido de 72 horas de una microtendencia

Vivimos en una época donde las modas no se instalan, se explotan. Una prenda puede pasar del anonimato a lo viral en menos de 72 horas, transformándose en un objeto de deseo masivo… y en ese mismo lapso, dejar de importar. Esto son las microtendencias, pulsos acelerados del sistema moda que, aunque fugaces, cargan un impacto económico, cultural y humano profundo.

En una definiciones más claras, las microtendencias son fenómenos de moda muy específicos, a menudo efímeros, que surgen de comunidades de contenido viral. Por ejemplo el “cottagecore”, el “resurgimiento del Y2K” o el “goblincore”: tendencias que suelen surgir de subculturas y cobran fuerza a través de plataformas como TikTok, Instagram y Pinterest.

Ahora bien, detrás de ese top que se vuelve viral un viernes y ya está en tu carrito de compras el domingo, hay una maquinaria que no se detiene. El ciclo es claro: alguien con influencia lo muestra, las redes lo amplifican, las marcas ultra-rápidas lo producen, tú lo compras y, apenas unos días después, lo olvidas. Lo que parece inofensivo —un simple impulso estético— en realidad activa una cadena global de producción que afecta a trabajadores, mercados y al planeta.

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Marcas como Shein, Zara o Fashion Nova han perfeccionado este modelo. En 2023, Shein llegó a lanzar hasta 1.000 nuevos estilos por día, con tirajes mínimos para probar qué se vuelve viral. Si funciona, se reproduce en masa. Si no, se desecha. Así, una tendencia como el “Earthy Cottagecore” puede pasar de un video casero en TikTok a las vitrinas del fast fashion en apenas tres días. ¿Resultado? Miles de prendas que quizás se usen solo una vez antes de acabar olvidadas… o en un vertedero.

Foto:  Vogue Runway

Lo que cuesta una prenda que dura un día

Aunque el costo para el consumidor parece mínimo, el precio real lo pagan otros. En los centros de producción —muchos en Asia—, trabajadores operan hasta 75 horas semanales por menos de cinco dólares la hora, sin garantías ni condiciones dignas. Una trabajadora en Guangzhou lo resume así: “Producimos más de 10.000 prendas al día, pero no sabemos ni para qué. Lo único claro es que mañana vendrá otra prenda distinta.”

Estas microtendencias también tienen un costo ecológico: la industria textil es responsable del 10 % de las emisiones globales de carbono y de un consumo de agua equivalente al de 5 millones de personas al año. Además, según estudios, más del 60 % de las prendas producidas bajo este modelo terminan en vertederos antes de cumplir ocho usos.

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El otro precio es simbólico. La moda, que alguna vez fue un lenguaje de identidad, memoria y transformación, hoy se reduce muchas veces a una fórmula: consumo inmediato sin reflexión. Las microtendencias borran procesos creativos, vacían los discursos culturales y colocan la estética por encima del contenido. Lo que antes tenía valor por su historia, ahora vale por su algoritmo.

Pero también hay luces. Marcas más pequeñas están proponiendo ciclos de producción más éticos, y movimientos como el slow fashion ganan fuerza entre los consumidores que buscan coherencia. Aun así, las microtendencias no desaparecerán. Están integradas al ritmo del mundo digital. El verdadero reto está en entender cómo convivir con ellas sin que arrasen con todo a su paso.

Vestir puede seguir siendo un acto de expresión. Pero en este modelo, entender lo que hay detrás del deseo fugaz es una forma de resistencia. Porque una tendencia puede durar tres días, sí, pero su huella puede marcar toda una vida.

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